En la comarca de Tlajotla, donde los cerros parecen gigantes agachados protegiendo los valles, tres hombres sostenían sus vidas con la paciencia de quienes conocen el ritmo de los elementos. Pedro era el mezcalero. Tenía cuarenta y cinco años, la piel del rostro cuarteada como corteza de encino y unas manos anchas, curtidas por el roce diario de las espinas de maguey criollo y el tizne negro de los hornos cónicos. Su cuerpo entero desprendía un aroma persistente: una mezcla dulce de bagazo cocido, leña verde de mezquite y humo de tierra húmeda. Pedro no tenía prisa para nada; sabía que el mezcal de verdad exige semanas bajo tierra, donde las piñas se asan lentamente arropadas con piedras de río y pencas de maguey, para luego pasar por tinas de roble y caer, gota a gota, desde el alambique de cobre como un hilo de plata transparente y ardiente. Cada garrafa de veinte litros que Pedro cargaba en su mula al despuntar el alba se vendía antes del mediodía en los pueblos vecinos, no solo por su fuerza, sino por esa suavidad mineral que dejaba en el paladar la memoria de la sierra.

A unas leguas de sus hornos vivía Juan, el hombre del maíz. Con cuarenta y dos años y el lomo endurecido por décadas de levantar bultos de cincuenta kilos, Juan representaba la tenacidad del labrador. Su orgullo más reciente era una cosechadora brasileña de segunda mano, pintada de un azul ya descascarillado, que había adquirido empeñando cosechas futuras y desvelándose en números sobre una libreta grasienta. Juan olía a paja recalentada, a tierra revuelta después de la tormenta y a aceite de motor. Sus ojos pardos, siempre entrecerrados para calcular las nubes y el rendimiento de las hectáreas, brillaban con un anhelo constante: quería asegurar el porvenir de sus hijos, liberarse de las deudas del diésel y ver sus graneros colmados de ese grano amarillo, gordo y brillante que las tortillerías de la región pagaban con respeto.

El tercero de ellos era Neto, el cazador. De cuerpo delgado y fibroso como un bejuco silvestre, Neto parecía no tener edad. Se movía con un sigilo desconcertante; sus pisadas sobre la hojarasca rara vez quebraban una rama seca. Vestía un chaleco de lona descolorida, manchado de pólvora y resina de pino, con bolsillos donde tintineaban cartuchos del calibre dieciséis y una navaja de muelle bien afilada. En su rostro afilado resaltaban unos ojos rasgados y penetrantes, capaces de distinguir la silueta inmóvil de un venado entre la maleza a cincuenta metros o el brillo furtivo de los ojos de un tlacuache en lo alto de un amate. Neto vivía solo en una choza encaramada en las faldas de la montaña, acompañado únicamente por el viento y el ladrido lejano de sus sabuesos. No hablaba más de lo necesario, pues la cacería le había enseñado que el monte escucha y juzga a los hombres por su silencio.

A pesar de sus vidas distintas, los unía una hermandad sellada desde la infancia, cuando compartían huaraches rotos y corrían detrás de las chivas por los pedregales. Cada estación, cuando la luna menguante anunciaba noches despejadas y frías, se reunían para internarse en los lomeríos bravíos del municipio de Miacatlán. No buscaban únicamente piezas de caza; huían del peso de la rutina. Al caer la tarde, encendían una lumbre generosa al abrigo de un cantil de piedra caliza. Juan acomodaba pedazos de cecina y tiras de liebre sobre las brasas de encino, cuyo humo se elevaba en espirales hacia el firmamento estrellado. Pedro descorchaba con parsimonia su garrafa de vidrio forrada de mimbre y vertía el mezcal en tres jícaras de buje laqueadas. Al primer sorbo, una llamarada templada bajaba por sus gargantas, distendiendo las espaldas cansadas y abriendo la memoria a historias de aparecidos, tesoros enterrados en la Revolución y viejas leyendas que el monte parecía susurrar con el mecer de las ramas.

Los tres oficios y la lumbre de la noche