Apenas dieron diez pasos dentro de la gruta, el silencio sepulcral de la sierra quedó atrás, reemplazado por un oleaje sonoro que crecía como la marea. El aire se transformó de manera radical: el frío cortante de la noche se disipó para dar paso a una tibia atmósfera primaveral, saturada de olores penetrantes y exquisitos. Olía a copal recién quemado sobre brasas de barro, a chocolate amargo molido con canela silvestre, a tabaco curado con miel y a la humedad fresca de frutas tropicales que no crecían en aquellas serranías áridas.

Al doblar un recodo donde las estalactitas colgaban como colmillos de alabastro, los tres hombres se quedaron paralizados. Sus linternas resultaron completamente inútiles: la caverna se abría en una bóveda descomunal, tan alta y ancha que bien podría albergar la catedral de Cuernavaca entera. No había antorchas humeantes ni fogatas en el suelo. La luz emanaba directamente de las paredes rocosas: gruesas vetas de cuarzo y calcita brillaban con una fosforescencia ámbar y dorada, proyectando sobre el espacio una claridad suave y continua, sin sombras duras, semejante al resplandor del sol poniente cuando se filtra a través de la miel.

Bajo esa cúpula celestial de piedra se extendía un mercado monumental. Cientos de petates tejidos con fibras de tule delimitaban pasillos geométricos y limpios. Miles de figuras humanas —o seres que tenían su apariencia perfecta— se movían en un ir y venir armónico. Vestían con una magnificencia que cortaba el aliento: huipiles y tilmas de algodón finísimo bordados con grecas de serpientes emplumadas y flores de cuatro pétalos; tocados monumentales de plumas de quetzal, guacamaya y colibrí que despedían destellos esmeralda y rubí a cada movimiento; brazaletes de obsidiana pulida tan negra que parecía tragar la luz, y orejeras de jade que refulgían como gotas de agua viva.

El murmullo del lugar era hipnótico. Se escuchaban risas cadenciosas, el tintineo argentino de cascabeles de cobre cosidos a los tobillos de los danzantes, el soplido grave de caracoles marinos al fondo de las galerías y un pregón incesante en una lengua de consonantes suaves y chasquidos musicales que los tres hombres no comprendían con la cabeza, pero que sus sangres parecían reconocer al instante. Los comerciantes no exhibían basuras ni baratijas: sobre las esteras descansaban vasijas ceremoniales con barniz brillante, cuchillos de obsidiana con empuñaduras talladas en forma de cabeza de jaguar, mantas de plumas tejidas y montones deslumbrantes de figurillas de oro macizo que parecían palpitar con calor propio.

Fascinados, Pedro, Juan y Neto comenzaron a caminar por la calzada principal, sintiéndose toscos y torpes con sus chamarras gastadas y sus botas lodosas. Al principio marchaban hombro con hombro, pero la marea de compradores y vendedores comenzó a envolverlos. Doncellas con cántaros aromáticos pasaban rozándolos con suavidad; guerreros con mantas de piel de ocelote se detenían a examinar espejos de pirita; ancianos con báculos de madera aromática señalaban con una sonrisa las prendas de los recién llegados. Sin un solo empujón violento, sino con la pausada firmeza de una corriente fluvial, la multitud fue abriendo brechas entre ellos. Pedro se detuvo maravillado ante el aroma de unos cántaros de barro; Juan fue atraído por el brillo enceguecedor de un callejón lateral; y Neto, girando la cabeza con recelo felino, descubrió de pronto que estaba completamente solo en medio de aquel océano de plumas y oro.