La huida a través de la caverna en colapso se convirtió en un descenso a los infiernos. El polvo blanquecino de la roca pulverizada cegaba a los tres hombres, llenándoles los ojos de lágrimas ardientes y tapándoles la garganta con cada bocanada de aire. La luz fosforescente de las paredes se extinguía rápidamente, dejando únicamente jirones de una penumbra lívida y fantasmal.

Juan, descalzo y aterido, tropezaba a cada metro. Sus pies descalzos dejaban un rastro sanguinolento sobre el pedregal afilado. Para colmo de su locura, se negaba a soltar el fardo de manta; lo arrastraba con desesperación, encorvado sobre él, raspándose las rodillas contra las piedras salientes.

—¡No puedo dejarlo, compadre! ¡Es todo el oro de mi vida! ¡No puedo volver con las manos vacías! —lloraba Juan con el rostro desencajado por el pánico y la obstinación.

Una estalactita del tamaño de un poste de luz cayó desde lo alto con el silbido de una guillotina, pulverizándose a medio metro de Juan y sepultando la mitad de su fardo bajo una tonelada de escombros. El impacto lanzó a Juan de espaldas, golpeándose la cabeza contra el muro.

Pedro se arrodilló junto a él, tosiendo por el polvo espeso, y con ambas manos rasgó la manta del fardo. La verdad apareció desnuda ante sus ojos: al contacto con el aire del exterior y la luz mortecina del amanecer, las figuras de oro macizo y las mazorcas de ámbar se habían transformado en pesados cantos rodados de río, lajas filosas de piedra caliza y puñados de mica corriente que no valían ni un solo centavo.

—¡Mira lo que estás cargando, Juan! —le gritó Pedro sacudiéndolo por los hombros mientras las rocas llovían a su alrededor—. ¡Es piedra de río! ¡El tianguis te vendió tu propia tumba! ¡Si no corres, aquí te vas a quedar a abonar las milpas de los muertos!

Juan contempló con horror las piedras grises manchadas con su propia sangre. El espejismo se disipó con una punzada desgarradora en su pecho. Soltó la tela podrida y, en un acto supremo de desprendimiento y cordura, se puso de pie apoyado por Pedro. Sin embargo, entre la desesperación del forcejeo, una diminuta aguja ceremonial de oro fino, del tamaño de una espina de maguey, quedó enredada milagrosamente en el bolsillo de su pantalón raído, sin que nadie lo notara en medio de la vorágine.

Neto abría camino adelante. Su instinto de cazador no le falló ni en la oscuridad casi total: levantaba el rostro hacia el techo derruido, buscando no con los ojos, sino con la piel de la cara la corriente de aire frío que soplaba desde el exterior. El olor a pino silvestre, a tierra mojada por el relente y a estiércol de chivo se convirtió en su brújula.

—¡Por aquí! ¡Por la galería baja! —gritaba Neto golpeando con el lomo del machete las paredes para guiar el eco—. ¡Agáchense y no miren atrás!