Aquella noche, el frío bajaba de las cumbres con una mordedura inusitada. El viento zumbaba entre los desfiladeros como una flauta rota, y la luna llena flotaba en un cielo tan limpio que las aristas de los cerros parecían recortadas con navaja. Llevados por el rastro reciente de un venado de buen porte que Neto venía siguiendo desde el crepúsculo, los tres amigos se desviaron de las veredas conocidas y se adentraron en las profundidades de la Barranca del Zopilote, una cañada húmeda y profunda donde los pobladores rara vez llevaban su ganado.

El aire en el fondo de la barranca olía a piedra mojada, a musgo fermentado y a hojas marchitas de ocote. A medida que avanzaban, los grillos cesaron su canto repentinamente, dejando un vacío sonoro espeso y tenso. Neto se detuvo en seco, levantando la mano abierta para ordenar silencio. Su nariz venteó el aire: no había olor a fiera ni a carroña, sino una extraña calidez mineral, como si en alguna parte ardiera carbón cubierto de resina dulce.

—Miren allá —susurró Neto señalando hacia la pared oriental del risco con la boca del cañón de su escopeta.

La luz de la luna, filtrándose por una brecha entre dos picachos, iluminaba una abertura negra en la roca viva. No era una simple cueva de murciélagos: la entrada, de casi cuatro metros de alto, estaba enmarcada por las raíces monumentales de un amate blanco que parecían abrazar la piedra como los dedos nudosos de una mano gigante. Lo más desconcertante, sin embargo, no era la forma de la gruta, sino el reflejo que brotaba de su interior. Una débil claridad dorada, tibia y oscilante, teñía el suelo de grava a sus pies, despidiendo una brisa templada que contrastaba de golpe con la helada nocturna.

—¿Qué lugar es este, Neto? —preguntó Juan, acomodándose la pesada chamarra de lana a cuadros y entrecerrando los ojos con recelo—. Llevamos años subiendo estos cerros y jamás topamos con esta boca.

Neto escupió la colilla de su cigarro de hoja y miró la oquedad sin pestañear. Un destello de recuerdo antiguo encendió su mirada.

—Mi abuelo contaba una historia cuando yo era chamaco —dijo con voz queda—. Decía que en las barrancas que dan hacia Tetlama hay una cueva encantada que solo se abre en ciertas lunas. Decía que adentro hay un mercado de los antiguos, donde cambian artesanías de oro y jade por las ropas que uno lleva puestas. Pero advertía una cosa muy clara: todo lo que entra debe salir antes del primer canto del gallo del valle. El que se quede adentro cuando canten los gallos, se petrifica para siempre y se vuelve tendero del mercado.

Juan soltó una carcajada nerviosa que rebotó en los riscos, aunque sus ojos brillaban con una codicia involuntaria.

—Cuentos de viejos para que los muchachos no se pierdan de noche. Si hay oro allá adentro, no va a ser el diablo quien me impida verlo.

Pedro bebió un trago generoso de su jícara y limpió sus labios con el dorso de la mano. La curiosidad, atizada por el alcohol y el olor a humo ancestral que emanaba de la caverna, pesaba más que la prudencia.

—Si es una veta o un escondite zapatista, saldremos de dudas ahora mismo —sentenció Pedro alzando su linterna de mano—. Y si es el tianguis del abuelo de Neto, al menos veremos con qué ojos nos miran los antiguos. Vamos juntos; no nos separamos.

Encendieron las linternas y, con los corazones latiendo con un tamborileo seco en el pecho, traspasaron la cortina de raíces del amate y se internaron en la penumbra dorada de la montaña.