Juan caminaba en un estado de embriaguez visual que ningún mezcal le había provocado jamás. Sus pupilas estaban dilatadas, reflejando el fulgor amarillo que tapizaba cada rincón del pabellón donde había ido a parar: el barrio de los orfebres. A ambos lados del sendero de piedra caliza pulida descansaban collares con eslabones del tamaño de nueces, pectorales martillados con la figura del sol radiante y mazorcas de maíz forjadas en láminas de oro finísimo, con cada grano tallado individualmente en ámbar traslúcido.

—Esto no puede ser verdad... válgame Dios, esto no puede ser verdad —musitaba para sí, tocando con la yema de sus dedos ásperos la superficie lisa de un plato dorado que tintineó con un sonido cristalino y puro.

Frente a él se hallaba un mercader de complexión robusta, con una tilma blanca ribeteada de plumas de faisán y un bezote de oro con forma de pico de águila atravesándole el labio inferior. El hombre lo observaba con ojos serenos y profundos, como pozos de agua estancada. Sin pronunciar una sola palabra en español, el comerciante tomó de su petate una figura prodigiosa: una representación de Centéotl, el dios del maíz joven, esculpido en oro macizo, sosteniendo en sus brazos dos mazorcas resplandecientes. La pieza pesaba fácilmente cuatro o cinco kilos. El mercader se la extendió a Juan, depositándola en sus palmas abiertas.

El metal no estaba frío; guardaba una calidez viva, como si una sangre invisible circulara por sus venas metálicas. En la mente de Juan estalló una visión fulgurante: con aquella sola pieza pagaría la cosechadora brasileña, compraría las tres parcelas bajas del ejido que colindaban con el río, le construiría a su mujer una casa con techo de losa y piso de azulejo, y jamás volvería a humillarse pidiendo crédito de semillas a los usureros del pueblo.

—¿Cuánto por ella? —preguntó Juan con la voz estrangulada por la emoción, buscando torpemente en los bolsillos de su pantalón unos billetes arrugados de quinientos pesos.

El mercader negó con un movimiento suave de la cabeza. Su mano morena, de dedos largos y uñas perfectamente pulidas, se extendió hacia el pecho de Juan y tocó con reverencia la tela roja de su chamarra de franela a cuadros. Juan parpadeó. Era la chamarra que su compadre le había traído del norte hacía tres inviernos; la tela estaba gastada en los codos, pero era gruesa y abrigadora.

—¿La chamarra? ¿Quieres esta garra vieja por todo este oro? —preguntó Juan incrédulo.

El comerciante asintió con una reverencia solemne. Sin pensarlo dos segundos, Juan se despojó de la prenda y se la entregó al hombre, abrazando la estatua de oro contra su pecho como si fuera un recién nacido. Pero la codicia, una vez abierta la puerta, no conoce fondo. Dos puestos más adelante, una hilera de hachuelas ceremoniales y brazaletes de jade con incrustaciones doradas lo deslumbraron de nuevo. La vendedora, una mujer de cabellos trenzados con cintas de algodón escarlata, señaló sus botas de faena: unas botas de cuero de res con casquillo de acero, salpicadas de barro seco. Juan se desató los cordones con dedos temblorosos, arrojó las botas al petate y recogió una saca de manta repleta de lingotes planos y cuentas de oro.

Descalzo sobre las losas frías, vestido únicamente con una camiseta delgada y sus pantalones de mezclilla, Juan sintió una corriente de hielo subirle por los tobillos, pero el peso desmedido del metal en sus brazos actuaba como una droga anestésica. No le importaba el frío; sonreía con una mueca desencajada, calculando toneladas de grano y fajos de billetes, sin advertir que sus hombros comenzaban a doblarse bajo una carga que se hacía más pesada y pétrea con cada paso que daba.