El corredor final se encogía a cada segundo. El techo de piedra caliza descendía con un rechinar de dientes de gigante, y del suelo brotaban grietas que amenazaban con tragarse a los fugitivos. A cincuenta metros de distancia, un semicírculo de luz azul pálido recortaba la silueta de la salida: era la boca de la barranca, pero el amate monumental de la entrada parecía retorcer sus raíces leñosas como una cancela viva para impedirles el paso.
—¡Avienten el cuerpo! ¡Tírense! —aulló Neto.
El cazador se lanzó al suelo de panza, deslizándose como una víbora sobre la grava húmeda justo por debajo de una losa que descendía inexorablemente. Rodó sobre los matorrales de la ladera y se puso en pie al instante. Volviéndose hacia la abertura, que ya no medía más de un metro de alto, estiró sus largos brazos fibrosos hacia el interior de la penumbra.
Pedro empujó a Juan con todas sus fuerzas. El campesino, con el torso lacerado y los pies en carne viva, se arrastró de rodillas y codos por el hueco. Neto lo agarró por las muñecas con una presa de acero y tiró de él hacia afuera con un tirón brutal que arrancó jirones de tela y piel, depositándolo jadeante en el pasto húmedo de la cañada.
Faltaba Pedro. El maestro mezcalero intentó pasar, pero una lluvia de piedras le golpeó la espalda, haciéndolo trastabillar. El arco de piedra de la entrada crujió con una deflagración telúrica y comenzó a desplomarse en bloque. En un acto desesperado de reflejos y voluntad, Pedro no buscó salvar nada más que su propia vida: se arrojó hacia adelante como quien se lanza a una poza profunda, con las manos por delante.
Neto y Juan alcanzaron a aferrarlo por los hombros de su camisa desgarrada justamente cuando un estruendo formidable partió el aire de la montaña. Una nube de polvo blanco, caliente y denso como la cal viva, salió disparada por la hendidura con la fuerza de un cañonazo.
Los tres amigos rodaron loma abajo entre matorrales espinosos de huizache, nopales silvestres y piedras sueltas, hasta detenerse en el fondo seco del arroyo. El ruido del derrumbe sacudió la barranca entera, haciendo vibrar los peñascos vecinos y espantando a cientos de pájaros que alzaron el vuelo en una desbandada de graznidos.
Luego, sobrevino un silencio sobrecogedor.
Tumbados boca arriba en el suelo pedregoso, golpeados, ateridos de frío y cubiertos de polvo de caliza de pies a cabeza, Pedro, Juan y Neto contemplaron el amanecer. El cielo sobre los cerros de Morelos se teñía de franjas prodigiosas de color malva, naranja y oro verdadero: la luz del sol naciente, limpia y gratuita, comenzaba a bañar las crestas de la sierra. El aire puro de la montaña llenó sus pulmones lacerados con un ardor delicioso.
A lo lejos, en las rancherías del valle de Miacatlán, los gallos cantaban en coro celebrando la llegada del día. Los tres hombres se incorporaron lentamente, con las extremidades temblando por el desfallecimiento y el shock. Miraron hacia arriba, hacia la pared oriental del risco donde hacía unas horas se abría la gruta luminosa.
No quedaba nada. La entrada había desaparecido por completo. En su lugar se erguía un farallón de piedra caliza lisa, sólida y agrietada por el tiempo, sobre la cual las raíces blanquecinas del amate gigante se extendían con absoluta quietud, cubiertas de musgo seco y líquenes grises, como si llevaran milenios sellando aquel abismo sin que ninguna mano humana las hubiera tocado jamás.
