Un gemido cavernoso, largo y profundo como el rugido de una fiera herida en el fondo de la tierra, sacudió los cimientos de la gruta. Las paredes temblaron, desprendiendo cascajo y polvo fino que cayó como lluvia seca sobre los pasillos.
De pronto, todo el encanto se desmoronó como un telón podrido. El aroma a copal, vainilla y chocolate se convirtió en una bocanada hedionda de humedad podrida, azufre y tierra de panteón. Las mantas de algodón bordadas y las plumas tornasoladas de quetzal perdieron su color en cuestión de segundos, marchitándose y desmoronándose en telarañas polvorientas. Los comerciantes ya no caminaban ni hablaban: sus cuerpos se quedaron congelados en posturas grotescas, con los brazos extendidos hacia los visitantes, transformándose a ojos vista en estalagmitas grises y deformes. Los ojos de obsidiana se apagaron, convirtiéndose en cuencas de piedra ciega.
Y entonces, quebrando la pesadez de la montaña con la nitidez de una campana de plata, llegó el sonido.
A través de una fisura diminuta en la cumbre de la bóveda, impulsado por las corrientes del amanecer que comenzaban a ventear sobre los cerros de Miacatlán, resonó un canto lejano pero inequívoco:
¡Kikirikíiii...!
Era el primer canto del gallo de algún rancho madrugador en las faldas de la sierra. El eco se multiplicó en las concavidades de la cueva, rebotando contra las piedras con la fuerza de una sentencia de muerte. A ese primer canto le siguió otro, más lejano aún, confirmando que la claridad del alba estaba rasgando el manto de la noche allá arriba, en el mundo de los vivos.
La reacción de la cueva fue implacable. La montaña despertaba para cerrar sus fauces. Las bóvedas empezaron a descender con un crujido ensordecedor; las columnas de calcita se partían en dos como troncos azotados por un rayo, cayendo con estrépito sobre las calzadas pulidas. El suelo comenzó a inclinarse y las aberturas de los pasillos se estrechaban a un ritmo aterrador, como si los labios de piedra de la gruta buscaran sellar para siempre los secretos de su vientre.
—¡La salida! ¡Se está cerrando la boca de la barranca! —aulló Neto con la garganta desgarrada, empujando a sus dos compañeros hacia el túnel principal mientras esquivaba un bloque de caliza que se estrelló a pocos centímetros de sus cabezas.
