Mientras tanto, Pedro había seguido una senda que serpenteaba hacia una galería más angosta y silenciosa, donde las formaciones de estalagmitas imitaban la arquitectura de antiguos templos piramidales. Aquí la luz ámbar se mezclaba con columnas de vapor azulado que subían desde hornallas de barro empotradas en la roca viva. El aire olía a fermento dulce, a levadura viva, a jugo de tuna roja y al humo fragante de pencas tatemadas con astillas de ocote y ramas de ruda.
Pedro caminaba como en un santuario. A los lados del sendero descansaban tinajas de barro vidriado y odres de cuero de venado rebosantes de pulques curados con miel de maguey silvestre, nanche y piñón. Pero lo que verdaderamente detuvo su corazón de artesano fue un taller subterráneo situado en una hornacina natural. Allí, tres ancianos de cabellos plateados recogidos con tiras de corteza atendían alambiques de barro cocido con serpentines hechos de cañas de carrizo ahuecadas con una precisión inverosímil. El destilado goteaba en recipientes de jícara laqueada: era un líquido límpido, aceitoso, que al caer formaba una corona de perlas perfectas que no se deshacían sobre la superficie.
Uno de los viejos levantó la vista. Sus ojos, rodeados de una red de arrugas centenarias, tenían la claridad profunda de un manantial de montaña. Miró las manos de Pedro: observó las cicatrices de espinas de maguey en los nudillos, la mancha de ceniza en las yemas y el callo grueso que el mango del machete de desquitar había labrado en su palma derecha.
—Bienvenido, hermano del maguey —dijo el anciano en un castellano arcaico, pausado y resonante, como si las palabras brotaran de las profundidades de un cántaro vacío—. Pocos hombres en estos tiempos saben escuchar el llanto de la planta cuando se entrega al horno.
Pedro sintió un escalofrío de reverencia. Se acercó a la jícara que el anciano le ofrecía. El aroma que ascendía de ella era sublime: no solo olía a agave cocido, sino a tierra después del primer aguacero de mayo, a flores de azahar de monte y a una dulzura mineral tan pura que provocaba lágrimas.
—Esto no es mezcal común, abuelo —susurró Pedro tras mojar apenas sus labios con una gota que encendió su paladar con una calidez infinita—. Esto es la raíz misma del espíritu.
—Es el licor de los primeros padres —respondió el viejo con una sonrisa serena—. Una sola gota de este jugo vertida en tus tinas de fermentación devolverá a la vida cualquier maguey amargo; hará que tu mezcal sea recordado por generaciones en toda la tierra de la sierra. Nadie podrá igualar tu destilado jamás.
El anciano tomó un frasco diminuto, tallado en una sola pieza de obsidiana negra translúcida, sellado con cera de abejas silvestres. Pedro sintió que toda su vocación, sus años de frío junto a los hornos de tierra y sus madrugadas en vela quedaban justificados ante aquella reliquia.
—¿Qué pides por él, anciano? —preguntó Pedro con humildad.
El anciano no miró su ropa con codicia; posó sus ojos en el cinturón de cuero piteado de Pedro —una faja bordada con hilo de plata que le había heredado su padre— y en la navaja de cacha de cuerno de venado que colgaba de su cadera, la misma con la que Pedro cataba la madurez de las piñas en el monte.
—Dame el acero con que cortas el pan y la correa que sostiene tu paso —dijo el guardián de los fermentos—. Y dame el chaleco de piel que abriga tu espalda.
Pedro, conmovido por la dignidad del intercambio, desabrochó su cinto, entregó su navaja compañera de veinte años y se quitó el chaleco. A cambio, recibió el pequeño frasco de obsidiana. Pero al tomarlo, un detalle funesto quebró el encanto: al inclinarse sobre el cuenco de piedra donde reposaba el agua de enfriamiento, Pedro advirtió que la superficie reflejaba perfectamente su propio rostro pálido y atónito, pero no reflejaba el rostro del anciano. Y al mirar las piernas del maestro mezcalero, vio con espanto que desde los tobillos hacia el suelo, la carne del viejo se fundía con la roca caliza de la caverna en una costra pétrea y grisácea. Aquel hombre no estaba descansando allí; era una parte viva y cautiva de la montaña.
