A diferencia de sus dos compadres, Neto no había dado un solo paso impulsado por la fascinación. Desde el instante en que cruzó la entrada de la cueva, el instinto de supervivencia que lo mantenía vivo en los barrancos más peligrosos de Guerrero y Morelos se encendió como una mecha. Mantenía la espalda pegada a la pared húmeda de la roca, los dedos acariciando la madera lisa de su escopeta terciada al hombro y los ojos en un constante barrido periférico.
Neto era un depredador, y como todo buen cazador, sabía reconocer una trampa antes de pisar el cebo. Aquel mercado era demasiado perfecto, demasiado hermoso para ser real. Empezó a observar los detalles que el deslumbramiento del oro y los aromas encubrían: los mercaderes jamás pestañeaban; sus pupilas permanecían fijas, como esferas de vidrio obsidiano incrustadas en rostros de barro cocido. Cuando sonreían, sus bocas se abrían con una simetría aterradora, pero sus miradas permanecían vacías de alma.
Avanzando en silencio entre las sombras que proyectaban los grandes pilares de estalagmitas, Neto llegó a una plazoleta secundaria, alejada del bullicio principal. Allí vio la verdad descarnada de la caverna. En un rincón semioculto por una cortina de musgo petrificado, varios mercaderes estaban inmóviles. Sus ropas no eran únicamente mantas prehispánicas; debajo de un huipil deshilachado, Neto distinguió una camisa de mezclilla desteñida con botones de concha, idéntica a la que usaban los campesinos de la región en los años setenta. Más allá, los pies de una mujer que ofrecía canteritos de barro estaban cubiertos por una capa de calcita blanca que se elevaba por sus pantorrillas como cera derretida, pegándola irremediablemente al suelo de la gruta.
Un escalofrío helado le recorrió la espina dorsal. Reconoció entonces las facciones de un hombre que ofrecía pieles de conejo: era don Silvino Morales, un arriero de Tlajotla que había desaparecido en la sierra durante una tormenta cuando Neto apenas era un niño de diez años. Allí estaba Silvino, con el rostro cerúleo, los ojos lechosos y una sonrisa congelada, condenado a tender su petate por toda la eternidad.
—Maldita sea... esto no es un tianguis, es una telaraña —susurró Neto entre dientes.
De pronto, una vibración casi imperceptible estremeció el aire. No fue un ruido, sino un cambio de presión en sus tímpanos. Neto alzó la nariz: la calidez dulzona de los sahumerios comenzaba a disiparse y por las grietas más altas de la bóveda penetraba una hebra de aire gélido con olor a rocío matutino. La noche afuera estaba muriendo. El alba se aproximaba en los valles de Miacatlán.
Recordó las palabras de su abuelo con una urgencia que le aceleró el pulso a mil por hora: «El que se quede adentro cuando canten los gallos, se vuelve tendero del mercado». Tenía que encontrar a Pedro y a Juan de inmediato. Desenfundó su machete para tantear las esquinas y, guiándose por las huellas de barro fresco que las botas de Juan habían dejado en las losas antes de quitárselas, se lanzó a la carrera como un perro sabueso tras el rastro de la sangre.
