Neto siguió el rastro de pisadas terrosas hasta un callejón sin salida donde los muros estaban cubiertos de nichos con máscaras de turquesa y oro. Al fondo, arrodillado sobre la piedra húmeda y jadeando con dificultad, encontró a Juan.

El espectáculo era desolador. Juan estaba prácticamente en calzoncillos y camiseta interior; su piel, tostada por el sol en los campos, lucía ahora un tono azulado y macilento por el frío que emanaba del piso. Sus pies descalzos estaban llenos de moretones y raspaduras sangrantes. Delante de él yacía un fardo de manta amarrado con lianas de tule, repleto de estatuillas doradas, brazaletes y mazorcas macizas. Juan intentaba levantarlo con ambas manos, pero el bulto parecía haber echado raíces en la roca. Sus brazos temblaban, las venas de su cuello se hinchaban como cuerdas y lágrimas de desesperación y codicia le rodaban por las mejillas.

—¡Pesa demasiado... no puedo alzarlo, Neto! —gimió Juan sin apartar la mirada del fardo brillante—. ¡Ayúdame a cargarlo, compadre! ¡Con esto somos ricos para tres vidas! ¡Ayúdame!

Neto no dudó. Avanzó con paso firme, lo agarró por el cuello de la camiseta interior y le propinó una bofetada sonora que resonó en todo el callejón de piedra.

—¡Despierta, animal! —rugió Neto con los ojos encendidos de furia—. ¡Mírate las patas! ¡Mírate las carnes! ¡Te estás congelando vivo y sigues babeando por estas piedras malditas! ¿No ves que te desnudaron para dejarte aquí sembrado?

Juan parpadeó desconcertado, llevándose la mano a la mejilla enrojecida. La bofetada de Neto y la gélida realidad de su cuerpo semidesnudo rompieron la bruma hipnótica que nublaba su mente. Miró sus pies ensangrentados, miró la caverna a su alrededor y sintió, por primera vez, el terror viscoso de la muerte.

—¿Dónde está mi chamarra? ¿Dónde están mis botas? —balbuceó tiritando con un castañeo incontrolable de dientes.

—Se las quedaron los muertos, Juan. Y si no corres, se van a quedar con tu pellejo también. ¡Levántate ahora mismo!

Neto ayudó a Juan a incorporarse, obligándolo a apoyarse en su hombro. En ese instante, la luz ámbar de la caverna parpadeó como una bombilla que agoniza. El resplandor dorado se tornó opaco, adquiriendo un matiz violáceo y cenizo, como el cielo antes de una tempestad de granizo. A lo lejos, el bullicio armonioso del mercado empezó a transformarse en un murmullo quejumbroso, un crujido sordo de rocas que se acomodan.

Avanzando a trompicones, los dos hombres corrieron hacia la galería de los alambiques. Allí encontraron a Pedro. El maestro mezcalero estaba de pie frente al anciano petrificado, con el frasco de obsidiana apretado contra el pecho, pero con la mirada fija en el pozo de agua, paralizado por la visión de su propio destino.

—¡Pedro! ¡Vámonos de aquí ya! —gritó Neto jalándolo violentamente del brazo.

Al tirón, el frasco de obsidiana resbaló de los dedos entumecidos de Pedro y cayó al suelo. No se rompió en pedazos brillantes: al chocar contra la roca, el recipiente se disolvió instantáneamente en un charco de lodo grisáceo y ceniza pestilente. Pedro contempló el fango con los ojos desorbitados y luego miró hacia el anciano: el viejo ya no sonreía; su rostro entero se había convertido en una máscara rígida de caliza agrietada.

—Todo es una trampa... —susurró Pedro, sintiendo que el aire le faltaba en el pecho—. Nos están cobrando con tiempo. ¡Corran!