La carta llegó un lunes 24 de marzo.

No tenía remitente. El sobre era de papel corriente, amarillento en los bordes, y llevaba mi nombre escrito a mano. No reconocí la letra. Tampoco había sello postal. Alguien la había dejado en la tienda antes de que yo abriera, metida por debajo de la puerta.

La puse sobre el mostrador y seguí con lo que estaba haciendo. Tenía varias piezas que revisar, dos cuentas pendientes y un inventario que llevaba días posponiendo. Las cartas podían esperar. Los objetos, en cambio, no siempre.

Mi tienda estaba en Durango. Llevaba treinta años comprando y vendiendo objetos de iglesia: imágenes, custodias, candelabros, campanas pequeñas, cruces, relicarios y cuanto terminaba saliendo de una sacristía por necesidad, descuido o conveniencia; alguna que otra reliquia.

Con el tiempo había aprendido a distinguir una pieza antigua de una imitación, la plata de la alpaca y una restauración honesta de un trabajo hecho para engañar al comprador. No era un oficio que admitiera distracciones.

Aquella mañana revisaba un pequeño lote que había adquirido unos días antes. Entre las piezas había un cáliz sin patena, dos candeleros y una corona de latón que necesitaba limpieza. Anoté las medidas, el estado de conservación y el precio que esperaba obtener. En el inventario, junto a la palabra corona, encontré una anotación escrita con tinta distinta. No recordaba haberla hecho.

La observé un momento, pero no le di importancia. A veces uno vuelve sobre sus propias notas y no recuerda cuándo las escribió.

La carta

Fue entonces cuando abrí el sobre.

La carta contenía apenas unas líneas. El papel estaba doblado en cuatro partes y no llevaba fecha.

Sé que usted compra objetos de iglesia.

Hay una reliquia en una iglesia abandonada desde la Reforma. Está en un pueblo que se encuentra a unas seis horas de camino desde donde usted vive.

La iglesia conserva todavía algunas de sus piezas. La reliquia que busco se encuentra ahí.

Si le interesa, vaya a buscarla. No encontrará a nadie que pueda entregársela.

Vaya usted mismo, porque yo no vuelvo.

Leí la última línea dos veces. No había firma.

Volví a revisar el sobre, por si había alguna dirección o una segunda hoja. Nada. La persona que había escrito aquello sabía a qué me dedicaba y conocía mi domicilio. Eso bastaba para despertar mi curiosidad, aunque no para confiar en ella.

Dejé la carta sobre el mostrador.

Una iglesia abandonada desde la Reforma podía significar muchas cosas. En México había templos que llevaban décadas cerrados, capillas convertidas en bodegas y edificios religiosos que habían perdido sus imágenes durante los años de las leyes de Reforma. Algunos conservaban objetos de valor. Otros no tenían más que polvo, madera podrida y santos sin cabeza.

Una reliquia, en cambio, era otra cosa.

No necesariamente por su valor religioso. Yo había visto demasiadas piezas veneradas durante generaciones que, una vez fuera de su altar, terminaban en una vitrina o en el escritorio de algún coleccionista. El valor dependía de su antigüedad, procedencia, material y estado. La historia podía aumentar el precio, pero también podía estorbar.

Me interesaba saber qué era aquella pieza y por qué alguien había decidido escribirme.

Guardé la carta en el cajón del escritorio.

Durante la tarde recibí a dos clientes. Uno quería vender una imagen de San Miguel que, según él, había pertenecido a su bisabuelo. El otro buscaba una cruz de plata para regalarla. Atendí a ambos, revisé las piezas y anoté sus nombres. Hice lo de siempre, aunque varias veces me descubrí pensando en la carta.

A media tarde llegó doña Elvira.

La conocía desde hacía años. De vez en cuando pasaba por la tienda para ofrecerme alguna pieza que había heredado o que ya no necesitaba. Aquella vez llevaba una pequeña imagen de la Virgen, de madera oscura, con una mano reparada y el vestido despintado.

La revisé sobre el mostrador.

—¿Cuánto cree que valga? —me preguntó.

Le di una cantidad.

No pareció satisfecha, pero tampoco sorprendida.

—Pensé que valdría un poco más.

—Tiene una reparación en la mano y le falta parte de la policromía.

Doña Elvira miró la imagen. Después volvió a mirarme.

—Es que necesito el dinero.

No era la primera vez que escuchaba aquello. Tampoco era la primera vez que tenía que explicar que la necesidad de quien vendía no modificaba el valor de una pieza.

Le pagué lo acordado. Ella guardó el dinero en su bolso y se despidió sin discutir.

Cuando se fue, me quedé mirando la imagen unos segundos. Había comprado objetos en condiciones parecidas durante buena parte de mi vida. Sabía reconocer una buena oportunidad, incluso cuando la persona que tenía enfrente no estaba en condiciones de negociar. No me enorgullecía especialmente. Tampoco me quitaba el sueño.

Al cerrar la tienda, saqué de nuevo la carta. La extendí sobre el escritorio y repasé las pocas líneas. Seis horas de camino. Una iglesia abandonada. Una reliquia. Ninguna dirección exacta, ningún nombre de pueblo.

La persona que la había enviado esperaba que yo hiciera el resto.

Tomé un mapa de carreteras y lo extendí junto al papel. Busqué las rutas hacia el Bolsón de Mapimí y repasé los caminos que podían llevarme a una población apartada. No encontré una referencia clara. Tendría que averiguar más antes de salir.

La posibilidad de encontrar una pieza antigua en una iglesia que llevaba tantos años cerrada me parecía suficiente para justificar el viaje. Si la carta era una broma, perdería un día. Si era cierta, podía encontrar algo que valiera mucho más que el combustible. Y yo no estaba en una situación como para despreciar una oportunidad.

Al día siguiente, martes, llegué a la tienda antes de lo habitual. Había decidido salir esa misma mañana. Preparé una libreta, un lápiz, una linterna y mi cámara Polaroid. Revisé también el maletín donde guardaba las herramientas pequeñas que acostumbraba llevar cuando iba a examinar piezas fuera de la ciudad. No sabía exactamente qué encontraría. Por eso prefería ir preparado.

Antes de cerrar, revisé el inventario una última vez. La palabra corona seguía ahí, con aquella anotación en tinta distinta. Pasé el dedo por encima, como si pudiera recordar al hacerlo cuándo la había escrito. No lo conseguí.

Doblé la hoja y la guardé en el cajón.

Eché llave a la tienda y salí.

El sedán arrancó sin dificultad. Coloqué el maletín en el asiento del copiloto y la carta en el bolsillo interior de mi saco. Había dejado atrás la mayor parte de las cosas que podían retenerme en Durango, aunque no estaba seguro de cuánto tardaría en regresar.

Tomé la carretera hacia el norte.

Durante las primeras horas el camino no tuvo nada de particular. Pasé por poblaciones pequeñas, terrenos de cultivo y extensiones cada vez más secas. El paisaje fue perdiendo color conforme avanzaba. La carretera se estrechaba en algunos tramos y el polvo comenzaba a cubrir el parabrisas.

No tenía prisa. Conocía bien los caminos de aquella región y sabía que, llegado cierto punto, tendría que abandonar el asfalto.

Me detuve en una gasolinera para llenar el tanque y comprar pilas nuevas para la linterna. El muchacho que atendía me preguntó hacia dónde iba. Le dije que buscaba una iglesia vieja por los rumbos del Bolsón de Mapimí.

—¿Por allá? —preguntó.

Asentí.

No pareció reconocer el lugar que le describí. Tampoco insistí. Me cobró, me entregó las pilas y volvió a su asiento.

Revisé la linterna antes de guardar las cosas. Encendió bien. No había motivo para pensar que necesitaría algo más.

Volví al automóvil y continué hasta encontrar el crucero que había señalado en el mapa. Ahí terminaba la carretera pavimentada. A un lado había un letrero viejo, inclinado por el viento, y un camino de terracería que se perdía entre las lomas bajas.

Me detuve.

Saqué la carta del bolsillo y volví a leerla. No decía nada más. Ninguna indicación sobre el camino, ninguna advertencia, ninguna explicación acerca de la persona que la había enviado.

Miré hacia la terracería.

Después guardé el papel, puse el automóvil en marcha y tomé el camino.