I
Conduje hasta que el cansancio se volvió insoportable.
Había salido de la meseta de la Zarca al anochecer y tomado la carretera hacia el sur. Durante las primeras horas miré el espejo retrovisor más veces de las necesarias. Esperaba encontrar algo detrás de mí: una figura inmóvil en medio del camino, dos puntos rojizos suspendidos en la oscuridad, cualquier señal de que aquello no había terminado.
No apareció nada. Solo la carretera, el haz de los faros y el ruido del motor.
Cerca de la medianoche me detuve en un motel de carretera. Pagué sin hacer conversación, entré y me dejé caer sobre la cama sin quitarme la ropa. Dormí catorce horas.
Al despertar, me dolían la espalda y las piernas. Me bañé, me cambié y fui al restaurante del motel. Pedí huevos, frijoles y café. La mesera me preguntó si quería tortillas.
—Sí, por favor.
Fue la conversación más normal que había tenido en dos días. Me aferré a ella como quien se agarra de una cuerda.
Llegué a Durango al día siguiente, poco antes del mediodía. Abrí la tienda, levanté las cortinas metálicas y encendí las luces. Todo estaba donde lo había dejado: las vitrinas, los muebles, los objetos en sus estantes.
Todo estaba igual.
Yo no.
II
Los primeros días trabajé por costumbre. Abría a la misma hora, barría la entrada, revisaba los registros y atendía a quienes cruzaban la puerta.
Una mañana entró un hombre que ya había estado allí antes y en aquella ocasión no se había llevado nada. De nuevo buscaba una cruz de plata para regalar.
Le mostré dos. Me preguntó cuál compraría yo. Le señalé la más pequeña, que estaba mejor trabajada y costaba menos. Él eligió la otra, la que le había gustado desde el principio.
—Al menos no me está vendiendo la más cara —dijo, riendo.
No supe qué responder.
Cuando se marchó, me quedé mirando el lugar donde había estado. Unos días antes habría aprovechado su indecisión para venderle la pieza más cara. Ahora no podía dejar de pensarlo.
Aquella misma semana empecé a fijarme en otras cosas. En el cáliz que había comprado a una viuda que desconocía su valor. En la custodia que había salido de una sacristía porque el párroco necesitaba dinero. En el santo de madera que un hombre me había vendido por lo que costaba una cena.
Siempre había sabido hacer esas cosas. Mi padre también sabía negociar, pero él se quedaba a hablar con la gente. Yo pagaba, firmaba el recibo y me iba.
Una tarde saqué el cáliz de su estante y busqué en los registros el nombre de la mujer que me lo había vendido. Copié la dirección en un papel. Al día siguiente fui a buscarla.
III
La viuda vivía en una casa pequeña, en una calle donde los árboles levantaban las banquetas.
Me recibió después de que llamé dos veces. Tardó en reconocerme.
—Usted es el señor de la tienda de antigüedades.
—Así es. Le he traído esto.
Le mostré el cáliz envuelto en un paño. No lo tomó de inmediato.
—¿Qué pasó?
—Nada. Lo he traído para devolvérselo.
—Pero yo se lo vendí.
—Lo sé.
—Y usted me pagó.
—Sí.
La mujer sostuvo mi mirada, esperando una explicación.
—Porque pagué menos de lo que valía —dije—. Y usted no tenía por qué saberlo.
Bajó la vista hacia el cáliz.
—Mi marido llevaba años guardándolo. No sabía que pudiera valer tanto.
—Lo imagino.
Extendió las manos y recibió el paquete. Lo desenvolvió despacio. Acarició con el pulgar uno de los relieves.
—Mi marido lo limpiaba cada Navidad.
No contesté. No tenía nada que pudiera decir que mejorara aquel momento.
La mujer volvió a envolver el cáliz.
—Gracias por traerlo.
Asentí. Me acompañó hasta la puerta y se despidió con una cortesía que me resultó más difícil de soportar que un reproche.
Mientras caminaba hacia el automóvil, comprendí que había esperado alguna clase de alivio. No llegó.
La mujer tenía su cáliz. Yo seguía siendo el hombre que se lo había comprado por una miseria.
IV
Durante las semanas siguientes devolví otras piezas.
Llevé la custodia al párroco que me la había vendido. Me recibió en el despacho, y cuando puse la pieza sobre la mesa tardó en comprender lo que hacía.
—¿Ha descubierto algo que yo no sabía? —preguntó.
—No. Al contrario. Creo que los dos sabíamos lo suficiente.
Se quitó los anteojos y guardó silencio. Después tomó la custodia y la examinó un momento.
—No sé qué decirle.
—No tiene que decir nada.
También devolví el santo de madera a la hija del hombre que me lo había vendido. La muchacha recibió la imagen con cuidado, sin preguntar nada, y me dio las gracias con una cortesía que yo no sentía merecer.
Cada devolución fue distinta. Ninguna resultó fácil.
Nadie me pidió cuentas. Eso era lo peor.
V
Doña Elvira regresó a la tienda una mañana con un Cristo pequeño de madera oscura.
Lo reconocí por el brazo pegado al cuerpo y la policromía casi desaparecida. No era la misma imagen que me había ofrecido días atrás, aunque se le parecía lo suficiente como para recordarme aquella primera visita.
Lo colocó sobre el mostrador.
—A ver si este le interesa.
Lo tomé entre las manos. La madera tenía grietas finas y el rostro apenas conservaba los rasgos originales. Era una pieza modesta, pero bien trabajada.

—¿De dónde lo sacó?
—Era de mi familia. Lo tenía guardado desde hace muchos años.
Examiné la base y los restos de pintura.
—Podría ser de finales del siglo XIX. Quizá algo anterior.
—¿Y cuánto me daría por él?
Le dije una cantidad. Doña Elvira abrió un poco los ojos.
—Es más de lo que me dio la otra vez.
—La otra vez me equivoqué.
Me miró sin decir nada.
—¿Cómo que se equivocó?
—Le pagué menos de lo que valía la pieza que me trajo. Lo sabía entonces y lo sé ahora.
Doña Elvira bajó la vista hacia el Cristo.
—Yo tampoco sabía cuánto valía.
—Eso no cambia lo que hice.
La mujer levantó los ojos. Parecía buscar en mi cara alguna explicación adicional, pero yo no supe ofrecérsela.
—Bueno —dijo finalmente—. Si usted cree que eso es lo justo…
—Eso es lo que considero justo.
Aceptó el dinero. Lo contó con cuidado y lo guardó en su bolso. Antes de marcharse, volvió a mirar el Cristo.
—Mi madre lo ponía junto a la cama cuando alguien estaba enfermo.
—Entonces debe de haber pasado muchos años con ustedes.
—Toda una vida.
Asentí.
—Lo trataré con cuidado.
Se despidió y salió de la tienda.
Me quedé mirando el Cristo sobre el mostrador. Había pagado un precio justo. No había regateado ni ocultado información. Y, sin embargo, no me sentía mejor.
El Cristo seguía allí, y yo seguía siendo el mismo hombre que se había aprovechado de ella la primera vez.
Devolver las cosas no devuelve lo que se hizo con ellas.
La frase me acompañó durante varios días.
VI
La tienda siguió abierta.
Los clientes continuaron entrando y saliendo. Yo seguí comprando y vendiendo objetos de iglesia, revisando procedencias y negociando precios. No me convertí en otro hombre de la noche a la mañana.
Pero algo cambió en mi manera de trabajar.
Empecé a hacer preguntas antes de ofrecer dinero. Si alguien llegaba con una pieza heredada, procuraba explicarle lo que sabía de ella y reconocer lo que ignoraba. Cuando el valor era incierto, recomendaba consultar a otro especialista antes de tomar una decisión.
Algunos clientes agradecían el consejo. Otros se molestaban y se marchaban con sus objetos bajo el brazo.
No podía culparlos. Yo mismo había pasado años buscando la ventaja en cada trato.
Una tarde, mientras revisaba el inventario, encontré el registro del cáliz de la viuda. Saqué el lápiz y anoté que había sido devuelto a su propietaria. Después cerré el libro.
No sentí que hubiera saldado una cuenta. Había otras cosas que no podía devolver, otras decisiones que no tenían remedio y años enteros en los que había confundido la habilidad para hacer negocios con el derecho a aprovecharme de los demás.
Pero podía empezar por no repetirlo.
Al día siguiente abrí la tienda a la hora de siempre. La luz de la mañana entró por el escaparate y se extendió sobre las vitrinas. Coloqué unas piezas que habían llegado la tarde anterior, limpié el mostrador y revisé la agenda de visitas.
Después me senté a esperar al primer cliente.
No sabía si aquello bastaría para cambiar algo.
Por primera vez en mucho tiempo, entendí que no me correspondía decidirlo de antemano.
