La oscuridad llegó de golpe.
No fue como cuando una nube cubre el sol ni como cuando cae la noche detrás de las montañas. La luz desapareció de un instante a otro, como si alguien hubiera soplado una vela sobre el desierto.
Frené el automóvil y permanecí inmóvil, con las manos todavía sujetas al volante.
Miré hacia el parabrisas. No distinguía el camino, ni las piedras, ni las elevaciones que había dejado atrás. Tampoco alcanzaba a ver el cielo. Todo había desaparecido bajo una oscuridad tan completa que por un momento tuve la impresión de que el automóvil estaba suspendido en un lugar sin profundidad.
Miré el reloj del tablero.
Las once y treinta.
Apagué el motor. El silencio fue inmediato.

Encendí las luces del automóvil, pero apenas consiguieron dibujar unos cuantos metros del camino. Su resplandor se perdía en aquella oscuridad sin alcanzar a mostrar qué había más adelante. Necesitaba una luz que pudiera dirigir hacia donde quisiera mirar.
Busqué la lámpara de mano sobre el asiento del copiloto. La había revisado antes de salir y llevaba pilas nuevas. La encendí y dirigí el haz hacia el camino.
La luz apenas alcanzó unos cuantos metros de terracería.
Más allá no había nada que pudiera distinguir. No era simplemente la oscuridad de una noche sin luna. Parecía existir una barrera delante de mí, una especie de pared negra que absorbía la luz antes de permitirle avanzar.
Moví la lámpara de un lado a otro. Iluminé las piedras, los bordes del camino y los matorrales más cercanos. Todo estaba donde debía estar, pero unos metros más adelante la oscuridad permanecía intacta.
El haz parpadeó.
Golpeé suavemente el cuerpo de la lámpara con la palma de la mano. La luz recuperó su intensidad durante unos segundos, volvió a debilitarse y terminó apagándose.
La encendí otra vez. Nada.
Retiré las pilas y las revisé bajo la poca luz que entraba del tablero. Eran nuevas. Las coloqué de nuevo, procurando ajustar bien los contactos, y accioné el interruptor. La lámpara volvió a encenderse, aunque con una luz débil e irregular.
No entendía qué podía estar fallando. La había probado esa misma mañana y había funcionado sin dificultad.
Aquellos pocos metros iluminados no me servían para avanzar. No sabía qué había delante ni si el terreno seguía siendo transitable. Tampoco tenía sentido salir del automóvil a tientas.
Recordé entonces la cámara.
La Polaroid Automatic 100 estaba en el maletín, junto al asiento. La había llevado precisamente para fotografiar cualquier pieza o detalle que pudiera interesarme durante el viaje. La saqué y comprobé el mecanismo.
No era el momento más adecuado para utilizarla, pero su flash podía darme una imagen del camino. Quizá con eso bastaría para saber qué tenía delante.
Intenté encuadrar a través del parabrisas. No podía distinguir nada por el visor. Ajusté la posición de la cámara y volví a intentarlo.
Presioné el disparador.
El flash iluminó el camino.
Y los vi.
Eran cientos.
Una fila interminable de personas ocupaba la terracería, extendiéndose hacia ambos lados hasta perderse en la oscuridad. No pude distinguir dónde comenzaba ni dónde terminaba. Estaban ahí, a unos cuantos metros del automóvil, aunque un instante antes no había conseguido ver absolutamente nada.
Vestían de blanco, pero no era un blanco limpio. Parecía manta de algodón, del color de la cal vieja, sucia de una manera que no era la de la tierra. Era una suciedad grasosa, de ropa que se ha mojado y se ha secado muchas veces, como la que queda en el fondo de un pozo.
Caminaban con la cabeza gacha y los hombros caídos. Los brazos les colgaban a los lados y sus pies desnudos avanzaban sobre la grava sin que ninguno pareciera sentir las piedras. Algunos tenían las plantas abiertas en grietas profundas. Otros llevaban los talones cubiertos de heridas.
No cojeaban.
Ponían un pie delante del otro con una cadencia lenta y uniforme, como si todos obedecieran a un mismo movimiento.
Algunos vestían prendas que no correspondían con el lugar. Una mujer llevaba un vestido bordado de fiesta, con el ruedo arrastrando por la tierra. Un hombre tenía puesto un saco oscuro y una corbata. Había otros con ropas más sencillas, gastadas hasta perder su forma original.
Nadie llevaba equipaje, bastones ni agua.
Entonces recordé lo que había visto en el destello.
Sus ojos.
Eran completamente blancos. No como los de un ciego, que conservan una niebla y cierta expresión de cansancio, sino blancos como el interior de una concha. No había pupila ni iris. La luz del flash había alcanzado sus rostros y se había reflejado en aquellos ojos sin devolverme nada.
La fotografía comenzó a salir de la cámara.
Esperé a que la imagen terminara de formarse. La tomé y la miré. Parecía negra, como si hubiera quedado velada. No conseguía distinguir nada en ella.
La guardé en el estuche y volví a mirar hacia el camino.
La procesión seguía ahí.
No hablaban, no se miraban y tampoco parecían advertir mi presencia. Pasaban unos junto a otros sin tocarse, con la cabeza inclinada y los brazos inmóviles. Había hombres y mujeres de distintas edades. Algunos eran jóvenes; otros tenían el rostro surcado de arrugas. Sus expresiones eran difíciles de describir. No parecían tener miedo ni estar sufriendo. Había en ellos algo parecido al agotamiento de quien ha terminado de esperar.
Sentí lástima.
También sentí una repulsión física que me obligó a tragar saliva. No podía apartar la vista de aquellas personas, aunque una parte de mí insistía en que debía hacerlo.
Bajé un poco la ventanilla.
El aire que entró olía a polvo y a algo dulce y viejo que no supe nombrar. No era exactamente el olor de la descomposición, pero tenía algo desagradable, como el de un cuarto cerrado durante muchos años.
Me quedé observándolos desde el automóvil. Quería encontrar alguna explicación, alguna señal de que se trataba de personas extraviadas o de una procesión que hubiera tomado aquel camino por alguna razón. Pero no había música, rezos ni conversación. Solo aquel desfile silencioso que parecía no tener principio ni final.
Tomé una botella de agua del asiento.
—Tengo agua —dije—, por si alguien quiere un poco.
Nadie respondió.
Extendí la botella hacia la mujer que caminaba más cerca del automóvil. La tomó con ambas manos. No levantó la cabeza ni volvió la mirada hacia mí. Destapó el recipiente y vació el agua sobre la tierra, despacio, como se riega una planta.
Después me devolvió la botella vacía y siguió caminando.
Me quedé mirando el suelo húmedo hasta que la tierra absorbió el agua.
Cerré la ventanilla.
El reloj del tablero seguía marcando las once y treinta. La lámpara terminó por apagarse y ya no conseguí encenderla.
Miré la fotografía guardada en el estuche, pero no quise sacarla de nuevo. Si la toma había salido negra, no tenía sentido perder más tiempo examinándola.
La procesión continuaba avanzando.
Pensé en dar marcha atrás, aunque no podía saber si detrás del automóvil había más personas. Tampoco sabía cuánto duraría aquella oscuridad ni si el camino seguía siendo transitable.
Me quedaba una sola dirección.
Encendí el motor.
El ruido pareció demasiado fuerte en medio de aquel silencio. Esperé unos segundos y puse la primera velocidad. Avancé muy despacio, procurando mantener el automóvil por los espacios libres del camino.
Los faros apenas alcanzaban a iluminar unos cuantos cuerpos. Ninguno modificó su paso.
Reduje todavía más la velocidad. Pasé junto a ellos con cuidado, pendiente de no golpear a ninguno con la carrocería. Algunos quedaron tan cerca de las ventanillas que pude distinguir los pliegues de sus ropas y las heridas de sus pies.
No volví a ofrecer agua ni intenté hablarles.
Mantuve la vista al frente, aunque cada vez que uno de aquellos rostros aparecía junto a la ventanilla sentía el impulso de mirar hacia otro lado.
La fila continuaba perdiéndose en la oscuridad.
Seguí avanzando hacia el pueblo.
No sabía qué había encontrado en aquel camino, ni de dónde venían aquellas personas. Solo sabía que no quería permanecer allí más tiempo del necesario.
Miré el reloj del tablero.
Las once y treinta y dos.
Y continué conduciendo.
