El interior no era el de una iglesia. No había bancas, ni altar, ni bóveda, ni retablo, ni piso de mosaico. Detrás de la puerta se abría una gruta natural, un vientre de piedra que se extendía hacia arriba y hacia los lados. Las paredes estaban húmedas y brillantes, y el suelo era desigual, de roca viva, como si alguien hubiera arrancado el piso de la iglesia y dejado a la vista lo que había debajo.
Levanté la lámpara. El haz se metió en la oscuridad y no volvió: no encontró techo, ni grieta, ni murciélago. Solo negro y un frío que caía de allí como cae el agua.
El agua caía. En algún sitio, a un ritmo lento y regular, una gota se desprendía y golpeaba la piedra. Cuando llevaba cuarenta y siete gotas me di cuenta de que estaba contando. Dejé de hacerlo.
Avancé con la lámpara por delante. El círculo amarillo se movía conmigo mientras las paredes entraban y salían de la luz. El frío aumentaba conforme descendía y no venía del techo: salía del suelo, se subía por los pantalones y se quedaba en los huesos.
La gruta era más grande de lo que había imaginado. En algunos tramos, la roca formaba escalones naturales que descendían hacia el fondo. No eran regulares ni tenían la misma altura; había que mirar dónde se ponía el pie. En otros, las paredes se aproximaban tanto que apenas dejaban espacio para pasar.
En las paredes había nichos tallados en la roca, a la altura de un hombre, con la forma de las hornacinas de un retablo. En cada uno había algo.
Al principio creí que eran ofrendas. Después me acerqué y pude distinguirlas.
Había coronas de latón y de plata, milagritos, anillos de matrimonio, aretes sueltos, un zapato de niño, unos lentes con el armazón torcido, una trenza de pelo negro atada con un listón, una dentadura y un rosario de hueso. Eran objetos pequeños, íntimos, gastados por el uso, de los que nadie se desprende si no es porque ya no puede quedarse con ellos.
En una hornacina había un reloj de hombre. Lo acerqué al oído. Seguía andando: tic, tic. Era el único objeto de la gruta que hacía ruido.
Entre los objetos había exvotos, tablitas de lámina pintadas con hombres y mujeres arrodillados, el cielo abierto y la Virgen arriba. En el fondo de cada tablita, siempre, había un pozo.
Seguí descendiendo. La gruta se estrechó hasta convertirse en un pasaje donde las paredes casi se tocaban. Tuve que avanzar de lado durante un trecho, cuidando de no golpear la lámpara contra la piedra. Al otro lado, el espacio volvía a abrirse.
Allí encontré una reja.
Estaba empotrada en la roca, cerrando la entrada de un túnel tan estrecho que apenas permitía el paso de una persona. La observé un momento. No parecía formar parte de ninguna construcción religiosa; era una verja de hierro, vieja y oscurecida por la humedad. La empujé. Al principio no cedió. Tuve que hacer fuerza con ambas manos hasta que se movió con un chirrido que resonó por la gruta.
Pasé al otro lado.
El túnel era bajo y angosto. La piedra rozaba mis hombros y, en algunos puntos, tuve que inclinar la cabeza para continuar. Avancé despacio, con la lámpara delante, hasta que el pasaje comenzó a ensancharse.
En una de las hornacinas que encontré al salir había un cuaderno de raya. Lo abrí con dos dedos. En la primera página, con letra de mujer, decía «Entregado». Debajo había una lista de nombres y fechas, con una palabra al final de cada renglón: unos decían «pagado» y otros decían «falta».
La última fecha era del mes anterior.

Cerré el cuaderno y lo puse donde estaba.
En la hornacina contigua había varios objetos religiosos. Sin pensarlo demasiado, tomé un milagrito de plata, una mano pequeña del tamaño de una uña, y lo guardé en el bolsillo del abrigo.
No sé por qué lo hice. Supongo que quería llevarme algo, como si aquel lugar fuera una tienda y yo hubiera venido a eso. No era un templo, era una tienda. Y yo había venido a eso.
Continué avanzando.
La gruta volvió a ensancharse. El techo se elevaba por encima del alcance de la lámpara y las paredes se perdían en la oscuridad. En el centro, donde debía estar el altar, estaba el pozo.
