El lugar donde me había detenido era una meseta. La llaman la meseta de la Zarca. Es un sitio alto, pelado, de pastizal abierto, donde el viento no encuentra nada contra lo que chocar y se queda dando vueltas.
Cuando desperté, el sol ya había comenzado a descender. Tenía la boca seca y el cuello rígido por haber dormido en una posición incómoda. Me dolían los hombros y sentía las piernas entumecidas. Durante unos instantes permanecí inmóvil, tratando de recordar dónde estaba. Vi el interior del automóvil, el polvo acumulado en el parabrisas y el terreno abierto más allá del cristal. Entonces recordé la noche anterior.
Había pasado la noche allí, y buena parte del día.
Me incorporé lentamente y miré por la ventanilla. Desde aquella altura se dominaba buena parte del llano. No había pueblos, ni caminos visibles, ni luces. Tampoco se veía a nadie. Ninguna de aquellas figuras de ojos blancos que había encontrado en el pueblo. El paisaje parecía otro.
Abrí la puerta y bajé del automóvil. El aire era seco y el viento levantaba pequeñas nubes de polvo que cruzaban el terreno antes de deshacerse. Me quedé un momento junto a la portezuela, mirando hacia el horizonte. No había nada que pudiera distinguirse como una amenaza. Solo tierra, pastizales y una extensión abierta que parecía no terminar nunca.
El atardecer tenía algo de honesto. El cielo se había vuelto naranja y cobrizo, y hacia el horizonte quedaba una franja de un verde extraño que no supe explicar. La luz caía sobre los pastizales y los hacía parecer más extensos de lo que eran. Por primera vez desde que había salido de aquel lugar, sentí que podía respirar sin esperar que algo apareciera frente a mí.
Me repetí que lo ocurrido había sido consecuencia del cansancio, de una insolación o de un golpe de calor. Que el hedor podía proceder de algún animal muerto en el radiador. Que el miedo, cuando alcanza cierto punto, hace que uno vea cosas que no están ahí.
Eran explicaciones pobres. Lo sabía.
Pero uno se cuenta ciertas mentiras cuando todavía necesita creer en ellas.
El viento soplaba con fuerza. Levantaba pequeñas nubes de polvo que después dejaba caer sobre la tierra, como si alguien estuviera tamizando el paisaje. Se metía por las rendijas del automóvil y hacía cantar la lámina del techo. A lo lejos, algunas sombras podían ser matorrales, animales o simplemente irregularidades del terreno.
Comí algo de lo que llevaba conmigo y bebí agua. No tenía hambre, pero sabía que debía hacerlo. Después me senté sobre el capó del automóvil y contemplé cómo la luz iba perdiendo fuerza.
Durante un buen rato no pensé en nada. O, al menos, procuré no hacerlo.
El horizonte era tan parejo que mareaba. No había árboles altos ni construcciones que rompieran aquella línea interminable. La meseta parecía extenderse hasta donde alcanzaba la vista. El viento seguía soplando, a veces con tanta fuerza que hacía vibrar la carrocería.
Me pregunté cuánto faltaría para llegar a la carretera principal y si tendría suficiente combustible. Pensé en el pueblo más cercano, en la posibilidad de encontrar una gasolinera y en la conveniencia de no detenerme hasta llegar a un sitio habitado. Eran pensamientos sencillos, asuntos ordinarios. Me aferré a ellos.
Cuando terminó de caer la noche, regresé al automóvil, me senté al volante y encendí el motor. Los faros iluminaron el terreno que tenía delante.
Fue entonces cuando lo vi.
Al principio pensé que era algún arbusto o una irregularidad del terreno. Había algo vertical en medio de aquella extensión, una forma demasiado definida para confundirse con el pastizal. Miré con mayor atención.
Estaba a unos trescientos metros, en la dirección por donde había llegado.
Era una figura humana. Tenía el tamaño exacto de un hombre. Llevaba un abrigo oscuro y un sombrero de copa. Permanecía de pie, con los brazos a los lados del cuerpo.
No se movía.
Encendí las luces altas. Los faros alcanzaron el lugar donde estaba, pero no consiguieron iluminarlo. La luz parecía rodear su figura y continuar detrás de ella, como el agua que encuentra una piedra en su camino.
Entrecerré los ojos, intentando distinguir algo más.
No pude verle el rostro. La noche parecía tragárselo.
Solo había dos puntos rojizos.
Brillaban a la altura de la cabeza, como dos estrellas pequeñas. No parpadeaban.
Sentí su mirada antes incluso de comprender que aquella figura me había encontrado.
Me quedé con las manos sobre el volante. Durante unos segundos no hice nada. Después miré el tablero, como si necesitara comprobar que seguía dentro del automóvil, que el motor estaba encendido y que tenía las puertas cerradas.

Volví a mirar hacia el frente.
Seguía allí.
Toqué el claxon.
El sonido salió del automóvil, se extendió por la meseta y desapareció. No hubo eco ni respuesta. Fue como si el viento se lo hubiera llevado y no quisiera devolverlo.
Bajé un poco la ventanilla y comencé a gritarle.
—¡Oiga! ¡¿Qué quiere?! ¡¿Qué está haciendo aquí?!
Mi propia voz me pareció extraña en aquella inmensidad.
La figura no respondió.
—¡¿Quién es usted?! ¡Le estoy hablando! ¡¿Por qué no contesta?!
No hubo respuesta. Ni un movimiento. Ni siquiera una variación en aquellos dos puntos rojizos.
Seguí gritándole. Lo insulté, le hice preguntas que no tenían sentido y exigí que me dijera quién era. Las palabras salían atropelladamente, unas detrás de otras, sin que pudiera detenerlas.
En algún momento pronuncié el nombre de mi padre.
No recuerdo haberlo decidido. Simplemente apareció entre mis gritos, como si mi pensamiento hubiera buscado, en medio de aquel miedo, algo a lo que todavía pudiera aferrarse.
La figura no hizo nada.
Seguía allí, inmóvil, mirándome.
Cerré la ventanilla y volví a sujetar el volante. Tenía la boca seca. Me pasé la lengua por los labios y miré el retrovisor, luego el parabrisas. No había nada detrás de mí, salvo la oscuridad.
No sé cuánto tiempo permanecí frente a ella. Tal vez cinco minutos. Tal vez una hora. El motor seguía encendido y tenía una mano cerca de la palanca de velocidades.
Pensé en marcharme.
Bastaba con pisar el acelerador, dar la vuelta y alejarme. Sin embargo, algo me retenía. Irme significaba aceptar que aquello estaba allí, que no había sido una alucinación ni un resto de mis temores. Pero quedarme tampoco me ofrecía ninguna seguridad.
Los dos puntos rojizos continuaban fijos en mí.
No podía ver su rostro, pero sentía aquella mirada con una intensidad que no había experimentado antes. Era como si atravesara la distancia y llegara a un lugar dentro de mí al que yo mismo procuraba no mirar.
Aparté la vista un instante. Miré mis manos sobre el volante. Estaban tensas, casi rígidas. Intenté respirar despacio, pero el aire parecía no alcanzar mis pulmones.
Volví a mirar.
Tuve la impresión de que iba a acercarse.
No lo hizo.
Y entonces ocurrió algo que no supe explicar.
El miedo seguía allí, pero algo había cambiado. La agitación que me había impedido pensar comenzó a ceder. No desapareció el peligro que sentía frente a mí, ni dejé de creer que aquella figura podía hacerme daño. Simplemente, por alguna razón, dejé de estar a merced del terror.
Fue una calma repentina, inesperada. Como si alguien hubiera apartado por un instante todo el ruido de mi cabeza.
Sentí una indicación muy clara, aunque no escuché una voz.
Vete ahora.
No me detuve a preguntarme de dónde venía aquello. No intenté entenderlo. La certeza fue tan inmediata que no encontré motivo para discutirla.
Me incorporé en el asiento, sujeté el volante y puse el automóvil en marcha.
La figura permaneció en el mismo sitio.
No aceleré de inmediato. Durante los primeros metros seguí mirándola, como si esperara que finalmente hiciera algo. Pero no se movió. Continué avanzando y la busqué en el espejo retrovisor.
Se iba haciendo más pequeña, hasta convertirse en un punto oscuro perdido en la distancia.
Los dos puntos rojizos continuaron allí durante unos instantes.
Luego desaparecieron.
No levantó una mano. No dio un paso. No intentó detenerme ni despedirse.
Simplemente se quedó atrás.
Y eso fue lo terrible: que no me siguió. Me dejó ir. Como se deja ir una cosa que ya se ha comprado y que todavía no se ha recogido.
Entonces escuché su voz.
—Esta vez te dejo pasar —dijo—. Pero no olvides que yo vi tu corazón.
La voz no sonó como las que había escuchado en el pueblo. No venía de la figura ni del viento. Parecía estar dentro del automóvil, junto a mí, aunque no había nadie más en el asiento.
Aflojé ligeramente las manos sobre el volante. Miré de reojo hacia el asiento del acompañante, pero estaba vacío.
Hubo una pausa breve.
Después añadió, con la misma calma:
—Y sé quién te acompaña.
No dijo nada más.
No miré hacia atrás.
Seguí conduciendo, con las manos apretadas sobre el volante y los ojos puestos en el camino. No sabía si la voz había terminado o si todavía podía escucharla de nuevo. Tampoco quería averiguarlo.
La meseta fue quedando a mis espaldas, pero aquella mirada permaneció conmigo mucho después de que la figura desapareciera.
No sabía qué había ocurrido durante aquellos minutos. Tampoco sabía por qué había podido marcharme cuando, unos instantes antes, apenas conseguía moverme.
Solo sabía que había sentido algo.
Una indicación breve, firme, imposible de confundir.
Vete ahora.
Y me había ido.
