Ya dentro de aquella cicatriz de tierra endurecida, el camino resultó más difícil de lo que esperaba.
Había llovido poco, quizá semanas atrás, y el suelo se había secado formando una costra irregular. El automóvil avanzaba con dificultad por algunos tramos, levantando una nube de polvo que tardaba en desaparecer detrás de nosotros. Las piedras golpeaban los bajos del sedán y, de vez en cuando, tenía que reducir la velocidad para sortear una zanja.
No me preocupaba demasiado. Había recorrido caminos peores para llegar a una hacienda donde me habían ofrecido una colección de imágenes antiguas. En estos asuntos, la paciencia era parte del trabajo.
Llevaba la carta en el bolsillo interior del saco. La había leído tantas veces que ya conocía cada línea de memoria. No confiaba en quien la había escrito. Ni siquiera sabía quién era, y aun así había dejado mi tienda para internarme en una región que apenas conocía, siguiendo indicaciones que ni siquiera eran precisas.
Quizá había sido una imprudencia. Pero una cosa era confiar en un desconocido y otra muy distinta comprobar una oportunidad por cuenta propia. Si la carta mentía, regresaría con las manos vacías. Si decía la verdad, podía encontrar una pieza que justificara con creces el viaje.
Las mejores oportunidades no siempre llegaban acompañadas de explicaciones.
El paisaje se extendía a ambos lados del camino, seco y abierto. Había matorrales bajos, piedras blanquecinas y algunos mezquites retorcidos que parecían sobrevivir por pura terquedad. A lo lejos, las lomas se confundían con el horizonte bajo un cielo pálido.

No se veía una casa. Tampoco había señales recientes de otros vehículos. De vez en cuando encontraba huellas sobre la tierra, pero estaban demasiado desdibujadas para distinguir si eran recientes o si llevaban días allí.
Miré el reloj del tablero. Todavía tenía tiempo.
Acomodé las manos en el volante y seguí conduciendo.
Mi padre decía que uno podía conocer a una persona por la manera en que trataba las cosas que no le pertenecían. Él había comerciado con objetos religiosos antes que yo, aunque nunca tuvo una tienda como la mía. Prefería visitar pueblos, hablar con los párrocos y convencerlos de que algunas piezas estarían mejor en manos de alguien que supiera conservarlas.
Tenía facilidad para hablar. Yo nunca la tuve.
Él podía pasar una hora explicando la historia de una imagen hasta que el comprador terminara convencido de que no podía vivir sin ella. Yo prefería examinar la madera, medir las grietas y dejar que el objeto hablara por sí mismo.
Mi padre decía que me faltaba trato. Yo pensaba que a él le sobraba.
No habíamos estado de acuerdo en muchas cosas, pero fue él quien me enseñó a distinguir una pieza auténtica de una falsificación y a desconfiar de los vendedores que conocían demasiado bien la historia de lo que ofrecían.
—Primero mira lo que tienes enfrente —me decía—. Después averigua quién te lo está vendiendo.
Con los años comprendí que también servía para los compradores.
El automóvil dio un salto al pasar por un tramo pedregoso. Solté una maldición, reduje la velocidad y volví a concentrarme en el camino. No tenía sentido pensar en mi padre. Llevaba años muerto y no podía ayudarme a encontrar aquella iglesia.
Continué hasta que vi una placa de piedra junto al camino. Estaba medio inclinada y tenía las letras desgastadas por el sol y el viento. Detuve el automóvil para leerla.
SAN BARTOLOMÉ
Debajo había otras palabras, pero estaban demasiado deterioradas para distinguirlas.
Saqué la carta y comparé el nombre con lo que recordaba de ella. No aparecía ninguna población, solo la referencia a una iglesia abandonada. Sin embargo, aquel nombre podía ser una pista.
Volví a guardar el papel.
No había razón para detenerme más tiempo. Si el camino llevaba a alguna parte, tarde o temprano encontraría a alguien que pudiera orientarme.
Regresé al automóvil y seguí avanzando.
El sol estaba alto y la luz caía directamente sobre el camino. El calor se acumulaba dentro del sedán. Abrí un poco la ventanilla y entró una corriente de aire seco, cargada de polvo.
Pensé en la reliquia.
No sabía qué clase de objeto podía ser. Una pieza pequeña cabía en el maletín; una imagen de mayor tamaño exigiría otro viaje. Si se trataba de plata, tendría que examinarla con cuidado. Si era una reliquia auténtica, la procedencia podía ser más importante que el material.
Me pregunté quién habría enviado la carta y qué esperaba obtener de mí.
Tal vez alguien había encontrado el objeto y no sabía cómo venderlo. Tal vez había descubierto que valía más de lo que podía imaginar. También era posible que la historia entera fuera una mentira, preparada por alguien que conocía mi oficio.
No descarté ninguna posibilidad.
El camino comenzó a estrecharse entre dos elevaciones bajas. Las piedras eran más abundantes y el automóvil avanzaba despacio. En un recodo tuve que detenerme porque una nube de polvo levantada por el viento me impidió ver con claridad.
Miré el reloj del tablero.
Las once y veintiocho.
Me sorprendió. Había calculado que todavía me faltaba bastante para llegar a cualquier población. Desde que me había internado en aquella región, el reloj comenzó a dar problemas. A veces se atrasaba unos minutos; otras, se adelantaba. En un par de ocasiones se había detenido por completo y había vuelto a funcionar cuando el automóvil se puso en marcha.
Al principio lo atribuí al polvo y a los golpes del camino. Pero el reloj no era el único que se comportaba de manera extraña. La brújula del tablero también se movía con demasiada facilidad, como si no terminara de encontrar el norte. Y la radio, que en la carretera había captado una estación con claridad, llevaba un buen rato sin más ruido que un zumbido bajo y constante.
No confiaba en el reloj. Preferí calcular la hora por la posición del sol. Estaba casi en lo alto, un poco cargado hacia el oeste. Había salido de Durango poco después de las seis, así que debían de ser alrededor de las once y media.
Dejé pasar unos segundos antes de encender el motor. Por un instante tuve la impresión de que el silencio no era del todo normal. No era el silencio del desierto, seco y abierto, sino algo más cerrado, como si el aire mismo estuviera conteniendo la respiración.
Encendí el motor.
Tenía que continuar. Había salido de Durango para encontrar una iglesia y no iba a regresar sin siquiera intentarlo.
Puse la primera velocidad, solté el freno y avancé.
No había recorrido mucho cuando, de reojo, vi que el reloj cambiaba de minuto.
Las once y treinta.
Y entonces se apagó la luz.
