Corrí sin lámpara. La lámpara se me cayó y se apagó.
No recuerdo en qué momento la solté. Solo recuerdo el golpe seco contra la piedra y la oscuridad que vino después. Intenté recuperarla, pero el cuerpo no me obedeció. No podía detenerme. No podía quedarme allí.
La gruta se había vuelto irreconocible. Las paredes, que apenas unos instantes antes podía distinguir bajo la luz de la dinamo, parecían haberse cerrado a mi alrededor. Extendí los brazos y avancé a tientas, golpeándome los hombros contra la roca. No sabía cuánto faltaba para llegar a la salida. Tampoco estaba seguro de seguir el camino correcto.
Entonces el hedor volvió.
Me doblé sobre las rodillas. Sentí que algo me subía desde el estómago hasta la garganta y me cubrí la boca y la nariz con una mano. Las arcadas me sacudieron el cuerpo. Tenía la frente empapada, la camisa pegada a la espalda y las piernas temblándome bajo el peso.
Intenté respirar por la boca, pero fue peor.
Con la otra mano busqué a tientas el bolsillo de mi saco. Introduje allí el pequeño milagrito, casi por instinto, sin mirarlo y sin detenerme a pensar qué hacía. En aquel momento solo quería apartarme de ese lugar, salir de allí, respirar un aire que no estuviera contaminado por aquella presencia.
No supe que lo había guardado.
Me incorporé como pude y seguí corriendo.
La oscuridad era tan espesa que no parecía una ausencia de luz, sino una sustancia que ocupaba el espacio. No distinguía las paredes ni el suelo. Avanzaba con las manos por delante, tropezando con las irregularidades de la roca, guiándome por el recuerdo del camino que había recorrido al entrar.
Tenía la sensación de que la salida se alejaba a cada paso.
No miré atrás.
En algún momento sentí una corriente fría sobre el rostro. Me detuve apenas un instante y extendí una mano. Mis dedos encontraron el borde de la puerta.
Salí.
El pueblo estaba frente a mí.
No me detuve a observarlo. Crucé la calle como pude, con el pecho ardiendo y las piernas a punto de fallarme. Llegué al automóvil, abrí la puerta y me dejé caer sobre el asiento. Metí la llave en el contacto. La mano me temblaba tanto que tuve que intentarlo dos veces antes de conseguir girarla.
El motor arrancó.
Miré por el parabrisas.
La iglesia seguía allí, al fondo de la calle. Negra. Su campanario mocho se recortaba contra una oscuridad que no parecía pertenecer al cielo. Donde debería haber estado la noche, había un agujero inmenso, sin estrellas, sin luna, sin profundidad reconocible.
No sé cuánto tiempo permanecí mirándola. Después, la oscuridad comenzó a disolverse. No se disipó como la niebla ni retrocedió como una sombra. Se deshizo lentamente, como tinta derramada en el agua, perdiendo consistencia hasta que el cielo volvió a ocupar su lugar.
La luz regresó.
Miré el reloj del tablero.
Las once y cuarenta y siete.
Había entrado en el pueblo a las once y treinta y cinco.
Doce minutos.
No podía ser.
Dentro de aquel lugar había sentido que transcurrían horas. Había caminado, descendido, recorrido pasadizos y vivido cosas que mi memoria todavía no podía ordenar. Sin embargo, el reloj insistía en que apenas habían pasado doce minutos.
Puse el automóvil en marcha.
No quería volver a mirar la iglesia. Aun así, mientras avanzaba por la calle, la busqué una última vez con el rabillo del ojo. El edificio permanecía inmóvil, silencioso, como si nada hubiera ocurrido en su interior.
Salí del pueblo sin detenerme.
La carretera estaba desierta. Conduje durante varios minutos sin saber exactamente hacia dónde iba. Tenía las manos rígidas sobre el volante y la respiración entrecortada. El sudor comenzaba a enfriarse sobre mi piel.
Entonces apareció el tráiler.
Venía en sentido contrario, con los faros encendidos. Lo vi acercarse y esperé, por alguna razón, que redujera la velocidad. Quizá que se detuviera. Quizá que el conductor me preguntara si estaba bien.
Pero pasó de largo.
No frenó. No tocó el claxon. Ni siquiera pareció advertir mi presencia.
Lo seguí con la mirada hasta que sus luces desaparecieron en la carretera.
Entonces tuve que detenerme.
Apenas alcancé a orillar el automóvil antes de abrir la puerta y vomitar sobre la tierra. Me quedé inclinado, apoyando una mano en la carrocería, mientras el cuerpo se contraía una y otra vez. Ya no había nada que expulsar, pero las arcadas continuaban.
Cuando terminaron, me dejé caer junto a la portezuela.
No sé cuánto tiempo permanecí sentado allí.
Empecé a llorar.
No fue un llanto discreto ni contenido. Lloré con el rostro entre las manos, sin poder detenerme, como no lo había hecho en treinta años. Me faltaba el aire y me dolía el pecho. No sentía vergüenza. No había nadie que pudiera verme, y aunque lo hubiera habido, en aquel momento me habría dado igual.
No sabía qué había ocurrido.
Tampoco sabía cómo explicarlo.
Pensé en la iglesia, en el pozo y en aquella oscuridad que parecía tener voluntad propia. Recordé el hedor y la forma inmóvil que había alcanzado a distinguir entre los peldaños. Quise ordenar los recuerdos, encontrar una explicación razonable, pero cada intento terminaba en la misma certeza: había estado allí algo que no debía existir.
Me incorporé con dificultad y volví a sentarme al volante.
No llamé a nadie. No tenía a quién contarle aquello sin parecer un hombre que había perdido la razón. Y, aun si hubiera encontrado las palabras, no habría sabido por dónde empezar.
Puse el automóvil en marcha.
La noche había avanzado. Seguí conduciendo por los caminos del Bolsón de Mapimí, sin encender la radio y sin mirar el espejo retrovisor. No quería escuchar voces ni comprobar si había algo detrás de mí.
Solo quería alejarme.
Cuando la oscuridad empezó a confundirse con las primeras sombras del amanecer, busqué un terreno elevado desde donde pudiera ver a cierta distancia. Encontré un sitio apartado de la carretera y detuve el automóvil.
No tenía fuerzas para seguir.
Me quedé dentro, con las puertas aseguradas y las manos sobre el volante. El cansancio terminó por vencerme, aunque no conseguí dormir de inmediato. Cada ruido del exterior me hacía abrir los ojos. Cada vez que los cerraba, volvía a ver la abertura del pozo.
No sabía si había escapado de aquel lugar.
Solo sabía que estaba fuera.
Y, por el momento, tendría que bastarme.

