Escribo esto porque hay cosas que uno necesita contar, aunque hayan pasado muchos años. No porque espere que alguien pueda explicarlas, sino porque hay recuerdos que se niegan a quedarse atrás.

Me ha tomado años decidirme a poner todo esto por escrito. Durante mucho tiempo pensé que bastaría con dejarlo atrás y seguir con mi vida, como hice con tantas otras cosas. Pero hay recuerdos que el tiempo no consigue desgastar. Este sigue aferrado a mi memoria como las garras de un oso a su presa.

Durante treinta años he sido anticuario. He comprado y vendido objetos de iglesia y reliquias: cálices, coronas, retablos desmontados, santos de madera con la cara comida por el desgaste del tiempo. El oficio me enseñó a reconocer la plata por el peso, el barniz viejo por el olor y las restauraciones mal hechas por los pequeños detalles que otros pasan por alto.

El manuscrito

Tengo una tienda en Durango, a unas calles de la catedral. Es un negocio modesto, pero durante muchos años me ha permitido vivir de esto, de lo que mejor sé hacer. Todavía conservo la lupa con la que examino los punzones con detalle y las herramientas que utilizo para tasar las piezas. A mis sesenta años sigo trabajando; mientras tenga buen pulso y las piernas me respondan, no veo motivo para dejarlo.

Los objetos que compraba y vendía habían pasado por muchas manos y acumulado muchas historias antes de llegar a las mías. Algunos llevaban marcas que hablaban de su pasado; otros guardaban secretos que nadie había conseguido descubrir. Nunca pensé que llegaría a encontrar algo que no pudiera explicar con los conocimientos de toda una vida.

Aquello ocurrió en el Bolsón de Mapimí, en el estado de Durango, durante uno de mis viajes por la región. Todo comenzó gracias a una carta, una carta que llegó de forma anónima a mis manos. Han pasado más de siete años desde entonces, pero todavía recuerdo aquellos caminos, el paisaje seco y las distancias entre un poblado y otro.

He cambiado algunos nombres de los pueblos. Para ser sincero, después de tantos años tampoco recuerdo con exactitud los nombres de todos los lugares. No veo razón para ocultar la geografía de una región que conozco bien.

No voy a pedir que me crean. Cada quien tendrá sus razones para hacerlo o no. Solo espero que quien llegue a estas páginas tenga la paciencia de leer hasta el final. Lo que voy a contar no me lo refirieron ni lo encontré en algún libro. Estuve allí y lo vi con mis propios ojos.

Tú decides creerlo o no.

Y aunque mi vida siguió adelante, hay cosas que uno no consigue dejar atrás.