Llegué al pueblo diez minutos después, con la lámpara en la mano. La luz todavía no había vuelto.
Se llamaba San Bartolomé el Viejo y llevaba, por lo que supe después, más de cien años sin misa.
No estaba en ruinas, y eso era lo inquietante. Las casas tenían las puertas abiertas y los tejados enteros. En los patios había ropa tendida en un lazo, tiesa de polvo y sol. Junto a una de las entradas vi un metate con su mano de piedra; en otra casa, una olla conservaba restos de comida pegados al fondo.
En la plaza estaba el tianguis.
Los puestos seguían instalados sobre petates: pirámides de fruta podrida, costales de maíz abiertos, cazuelas vidriadas, rebozos doblados con esmero y una cuchara de palo clavada en la melcocha. Nada parecía haber sido saqueado ni removido.
Sobre la fruta ennegrecida no había una sola mosca.
El pueblo tampoco estaba en silencio. Había un zumbido muy bajo y constante, como el que deja una colmena dentro de un tronco hueco. No conseguí encontrar de dónde venía. Parecía estar en todas partes.

Un pueblo no se vacía así sin que alguien venga a saquearlo. Aquel se había quedado a media feria, como si sus habitantes hubieran interrumpido lo que hacían y no hubieran vuelto.
Entré a una casa.
La mesa estaba puesta para cuatro, con los platos secos y la comida adherida al fondo. Las camas estaban tendidas y, junto a una pared, había un par de zapatos pequeños. En la cocina encontré un calendario. Las hojas estaban amarillentas y una de ellas permanecía abierta en mayo de 1910.
Me quedé mirándolo un momento.
No había razón para que siguiera colgado en aquella cocina. Tampoco había razón para que aquella casa pareciera habitada hasta hacía unos minutos.
Salí de nuevo a la calle.
En medio del polvo endurecido había una sandalia de niño. La recogí y la examiné por encima. Era vieja, de cuero gastado, con una de las correas a punto de desprenderse. No parecía tener ningún valor. La dejé donde estaba.
Busqué algún teléfono en las casas y en los alrededores de la plaza. No encontré ninguno. Tampoco vi cables, postes ni señales de que el pueblo hubiera contado alguna vez con servicio telefónico. No tenía manera de comunicarme con nadie.
Salí a la calle y grité:
—¿Hay alguien?
Mi voz se fue calle abajo y volvió unos instantes después, más opaca, como si hubiera rebotado en algo blando.
Al fondo de la calle, donde terminaban las casas, estaba la iglesia.
Era negra. No negra de pintura, sino como se pone una cosa que se ha quemado por dentro y por fuera y después se ha mojado. Toda ella brillaba como el carbón cuando acaba de llover sobre él.
Me acerqué y pasé la mano por la pared. Al tocarla, no sentí la dureza de la piedra ni la aspereza del ladrillo. Era una capa gruesa de lama verde, oscurecida y podrida, que cedía bajo los dedos como si la iglesia estuviera cubierta de una piel enferma. Al retirar la mano, la palma quedó brillante de un agua negruzca y viscosa. La sacudí con sorpresa y me limpié en el pantalón.
La fachada era lisa, sin molduras y sin santos en los nichos. El campanario tenía un hueco en el remate donde no había cruz. Sobre la puerta había un letrero de madera con letras quemadas que originalmente decía «DOMUS DEI». Alguien había raspado las últimas tres letras con un cuchillo. Del letrero solo quedaba «DOMUS».
Pensé, con una frivolidad que no venía al caso, que aquella iglesia valía una fortuna en cantera.
La puerta estaba entornada. De la rendija salía un aire frío que parecía subir desde abajo y traía, por debajo del polvo, el mismo olor dulzón que había percibido en el camino.
Recordé que en la cajuela llevaba una lámpara vieja de dinamo, de las que se accionan con una palanca y no necesitan pilas. El automóvil estaba estacionado a pocos metros. Regresé por ella, abrí la cajuela y la saqué. La probé accionando la palanca. Funcionó.
Las manos me temblaban.
Me quedé un momento frente a la puerta. Podía volver al automóvil, encender el motor y marcharme. Nadie sabría que había estado allí. Podía dejar atrás el pueblo, la procesión y aquella iglesia que no tenía ninguna razón para existir de aquella manera.
Pero había recorrido seis horas para encontrarla.
Y la había encontrado.
No me fui.
Empujé la puerta y entré.
