El pozo estaba abierto en la roca, sin brocal de mampostería, sin polea, sin cuerda. Era un círculo irregular de unos dos metros de diámetro, y la piedra alrededor había sido alisada a mano. La lámpara de dinamo apenas alcanzaba a iluminar la primera vuelta de una escalera tallada en la pared interior, que descendía en espiral y desaparecía a los pocos metros.

Me incliné lo justo para mirar.

La oscuridad del pozo no era como la de la gruta. Era más espesa, más quieta, como si no hubiera aire que la moviera. Me quedé un momento así, con las manos apoyadas en el borde, tratando de distinguir alguna forma.

No había nada. Ni un sonido, ni una corriente de aire, ni el eco de mi propia respiración. Solo aquel silencio cerrado que parecía venir de más abajo que la piedra.

El pozo

Fue entonces cuando llegó el olor.

No era humedad, ni moho, ni el olor de un animal muerto. Era algo mucho peor. Un hedor tan intenso que por un instante me pareció imposible que pudiera proceder de una sola cosa. Era como si mil animales hubieran muerto allí abajo y sus cuerpos llevaran siglos descomponiéndose en la oscuridad, pero ni siquiera aquella comparación alcanzaba a describirlo. Había algo más, algo que no pertenecía a la descomposición natural, una pestilencia antigua y abrumadora que parecía traer consigo todo lo que alguna vez había muerto y quedado sin sepultura.

Llegaba en oleadas.

Cada una me golpeaba con una violencia insoportable. El hedor penetraba por la nariz y la garganta, se me adhería al paladar y parecía descender hasta los pulmones. Intenté contener la respiración, apretando los labios y apartando la cara, pero la necesidad de tomar aire terminó imponiéndose. Apenas inhalé, otra oleada me alcanzó de lleno.

El estómago se me contrajo con tanta fuerza que sentí un tirón doloroso en el vientre. Las arcadas llegaron una tras otra, violentas, profundas, arrancándome el aire y doblándome sobre el brocal. Tuve que sujetarme con ambas manos para no caer de rodillas. La garganta se me cerraba y la boca se me llenó de saliva. Intenté contener las náuseas, pero mi cuerpo parecía haberse rebelado contra mí.

Un sudor frío me cubrió la frente. Sentí cómo me empapaba el cuello y comenzaba a deslizarse por la espalda, debajo de la ropa. Las piernas me temblaban y los músculos del abdomen seguían contrayéndose involuntariamente. Otra arcada me sacudió, más fuerte que las anteriores, y tuve que cerrar los ojos mientras luchaba por recuperar el aliento.

Había conocido el olor de la muerte, de los animales en descomposición y de lugares abandonados durante décadas, pero aquello no pertenecía a ninguna de esas experiencias. Era algo que mi cuerpo rechazaba con una violencia primitiva, como si respirar aquella pestilencia fuera introducir en mí algo que jamás debería tocar un ser humano.

Permanecí inclinado unos instantes, tratando de dominar las contracciones del estómago. Cuando finalmente conseguí levantar la cabeza, comprendí que no era el pozo lo que despedía aquel olor.

Algo había allí.

No sabía qué era, ni dónde se encontraba exactamente, pero tuve la certeza de que aquella peste no era una emanación de la roca ni de las profundidades. Era como si algo hubiera comenzado a manifestarse, extendiendo su presencia por el lugar sin necesidad de mostrarse. No necesitaba verlo para saber que estaba cerca.

Me aparté del brocal.

Entonces lo oí.

Un roce. Algo que se arrastraba por la piedra, muy abajo, con una lentitud que no era la de un animal pequeño.

Me quedé inmóvil, escuchando.

El roce volvió a producirse. Esta vez no vino de abajo, o al menos no pude asegurarlo. Parecía desplazarse por las paredes del pozo, lentamente, como si aquello que se arrastraba estuviera buscando el camino para subir.

Accioné la palanca de la lámpara y mantuve el haz sobre la abertura. La luz recorrió el borde de piedra, descendió por la escalera y se perdió otra vez en aquella oscuridad sin fondo. Durante un instante creí distinguir algo entre los peldaños: una forma inmóvil, demasiado alta para ser una persona agachada y demasiado estrecha para ser una sombra proyectada por la propia luz.

Volví a accionar la palanca.

Ya no había nada.

Pero el olor seguía allí.

Otra oleada me alcanzó y tuve que volver la cabeza. Las náuseas regresaron, aunque esta vez conseguí contenerlas. Aquello no era simplemente insoportable: me hacía sentir que el aire mismo se había vuelto hostil, que respirar significaba introducir en mi cuerpo algo que no debía estar allí.

Y, sin embargo, detrás de aquella repulsión había otra sensación, más difícil de explicar.

La certeza de que me estaban mirando.

No era el pozo. No era la oscuridad, ni la profundidad que se abría bajo mis pies. Era algo que se encontraba allí, algo cuya presencia se anunciaba mediante aquel hedor y que parecía conocer perfectamente mi posición.

Entonces advertí algo que no había notado antes: alrededor de la abertura había unas marcas pequeñas, casi borradas por el desgaste. No eran grietas ni señales producidas por herramientas. Parecían trazos deliberados, dispuestos en grupos, siguiendo el contorno de la piedra.

Me agaché para examinarlos.

Conocía aquella clase de marcas. No exactamente aquellas, pero sí la manera en que habían sido dispuestas. Eran signos que había encontrado en otros lugares, mucho tiempo atrás, durante los años en que recorrí sitios antiguos. En aquel entonces llevaba conmigo cuadernos, instrumentos de medición y una paciencia que a veces parecía no tener límites. Había pasado buena parte de mi juventud recorriendo sitios olvidados, levantando registros, examinando construcciones antiguas y tratando de comprender por qué algunas personas habían decidido levantar sus templos, sus tumbas o sus santuarios en lugares donde nadie sensato habría querido vivir.

Me incorporé despacio.

El sonido había cesado. El olor también parecía haberse debilitado, aunque no desaparecido del todo. Miré una vez más hacia el interior del pozo y tuve la impresión de que la oscuridad había retrocedido, no porque hubiera más luz, sino porque aquello que me observaba había dejado de hacerlo.

No quise comprobarlo.

Me alejé unos pasos, sin darle la espalda a la abertura, y guardé el milagrito que todavía conservaba entre los dedos. Tenía la boca seca y las piernas me pesaban, pero podía mantenerme en pie. No estaba dispuesto a dejar que aquel lugar decidiera por mí lo que debía hacer.

Fue entonces cuando recordé algo que creía olvidado.

No tenía que ver con el pozo, ni con la procesión del camino. Era un recuerdo mucho más antiguo, de una época en la que todavía no me dedicaba por entero a los objetos antiguos y en la que mis jornadas transcurrían lejos de los escaparates, los inventarios y las colecciones privadas.

Un recuerdo de cuando todavía caminaba por lugares que no aparecían en los mapas.

Y, por alguna razón, mientras miraba aquella abertura, volví a escuchar la voz de un hombre que llevaba muchos años sin oír.