No era solamente el recuerdo de un hombre. Era una época entera, un mundo que había quedado muy lejos, cuando todavía caminaba al lado de mi padre y pensaba que todo lugar escondía algo digno de ser descubierto.

Hacía muchos años de aquello.

Mi padre no era un hombre de grandes discursos. No tenía paciencia para las explicaciones demasiado largas ni para quienes pretendían conocer un sitio sin haberlo recorrido. Decía que los libros eran necesarios, pero que había cosas que ningún libro podía enseñarte.

—Las piedras no mienten —solía decirme—. Pero hay que aprender a mirarlas.

Yo era todavía un muchacho cuando comencé a acompañarlo en sus viajes. No siempre entendía qué buscábamos ni por qué dedicaba tanto tiempo a examinar una pared, una inscripción o los restos de una construcción que para cualquier otra persona no habrían sido más que ruinas. Él, en cambio, podía pasar una mañana entera observando una grieta, midiendo una distancia o retirando con cuidado la tierra acumulada entre dos piedras.

Nunca parecía tener prisa.

Me enseñó a caminar sin hacer ruido cuando el terreno lo exigía, a reconocer los cambios en la vegetación, a distinguir una construcción antigua de una imitación posterior y a desconfiar de las primeras impresiones. También me enseñó que la curiosidad podía llevarte muy lejos, pero que la prudencia debía acompañarte siempre.

Mi madre no compartía demasiado aquella manera de educarme.

Era una mujer estricta. Para ella, un muchacho debía aprender a leer, escribir correctamente, conocer la historia y no desperdiciar el tiempo. Recuerdo sus libros, el orden de la casa y aquella mirada suya que bastaba para hacerme regresar a una tarea que había dejado a medias.

No necesitaba levantar la voz.

Mi padre me llevaba al campo; mi madre se aseguraba de que supiera qué hacer con todo lo que encontraba en él.

Durante mucho tiempo pensé que eran dos formas opuestas de entender el mundo. Con los años comprendí que ambas habían terminado por formar parte de mí.

De mi padre conservé la costumbre de observar antes de tocar, de buscar explicaciones en las cosas materiales y de no dar por perdido un lugar solo porque pareciera abandonado. De mi madre heredé el hábito de leer, investigar y no conformarme con una respuesta sencilla cuando había razones para sospechar que existía otra.

Quizá por eso nunca dejé de estudiar.

Incluso después de abandonar los viajes y establecerme en la tienda, seguí leyendo sobre objetos, culturas y lugares que probablemente jamás volvería a visitar. Algunos de aquellos libros me acompañaron durante décadas. Otros terminaron acumulando polvo en los estantes, aunque nunca tuve el valor de deshacerme de ellos.

Mi padre habría dicho que todavía me faltaban muchas cosas por conocer.

A veces me pregunto qué habría pensado de la vida que elegí después.

En aquellos años conocí a muchas personas. Guías, campesinos, comerciantes, sacerdotes y hombres que parecían saber más de lo que estaban dispuestos a contar.

Algunos eran embusteros. Otros tenían una memoria extraordinaria. Había quienes adornaban sus historias para impresionar al muchacho que acompañaba a su padre, y quienes preferían guardar silencio incluso cuando uno les preguntaba directamente.

Entre todos ellos hubo un hombre cuya voz permaneció en algún rincón de mi memoria.

No recuerdo con precisión las circunstancias de aquellos encuentros, ni en cuál de ellos hablamos por primera vez.Tampoco podría reconstruir su rostro sin equivocarme. En aquel entonces yo era demasiado joven para comprender que ciertos encuentros, por breves que fueran, podían permanecer en la memoria de otra persona mucho más tiempo del que uno imagina.

Lo que sí recordaba era su voz.

Tenía algo particular. No por su tono ni por su manera de hablar, sino por cierta gravedad que parecía acompañar cada palabra. No era una voz autoritaria, pero tampoco transmitía tranquilidad.

Entonces no le di importancia.

Mi padre tampoco parecía interesado en prolongar aquel encuentro. Teníamos nuestros propios asuntos y, como tantas otras veces, seguimos nuestro camino.

Después vinieron otros viajes. Otros lugares. Otras personas.

La vida siguió.

Y aquella voz quedó enterrada bajo tantos años de recuerdos que terminé por olvidarla.

El recuerdo comenzó a perder nitidez. Las manos de mi padre se borraban, la piedra se deshacía. Por un instante intenté retener aquella imagen, pero ya se alejaba de mí. El aire tenía otro olor. Y el silencio que me rodeaba no pertenecía a ninguno de aquellos lugares que había visitado en mi juventud.

Abrí los ojos.

La iglesia.

El pozo seguía detrás de mí. La lámpara de dinamo continuaba en mi mano, aunque la luz apenas alcanzaba a iluminar el suelo irregular. El hedor persistía, mezclado ahora con el olor húmedo de la piedra y aquella sensación de encierro que parecía haberse metido en mis pulmones.

La voz de otro tiempo

No había pasado tanto tiempo.

Sin embargo, me sentía como si hubiera envejecido varios años desde que había descendido a aquel lugar.

Miré hacia la abertura.

No vi nada.

Eso no significaba que no hubiera algo allí.

Apreté la lámpara y accioné la palanca. El mecanismo respondió con su resistencia habitual. La luz tembló un instante y volvió a estabilizarse.

Tenía que salir.

La idea no apareció de pronto. Llevaba un rato formándose en mi cabeza, aunque hasta entonces había evitado darle toda su importancia. Había llegado el momento de dejar de observar y comenzar a actuar.

No conocía aquel lugar. No sabía qué había debajo de la iglesia ni qué significaban las marcas alrededor del pozo. Tampoco podía asegurar que aquello que había percibido entre los peldaños siguiera allí.

Pero sí sabía algo: permanecer en aquel sitio no me acercaría a ninguna respuesta.

Y si había aprendido algo durante tantos años de viajes, era que no todos los lugares estaban hechos para ser explorados hasta el fondo.

A veces la inteligencia consistía precisamente en saber cuándo marcharse.

Me incorporé con cuidado. El cuerpo todavía me temblaba por las náuseas y el esfuerzo de mantenerme en pie, pero las piernas respondieron. Revisé la lámpara, sujeté con firmeza el milagrito y volví a mirar hacia la oscuridad.

No quería darle la espalda.

Di un paso.

Después otro.

La voz del fraile regresó a mi memoria, aunque esta vez no pude distinguir ninguna palabra. Solo su tono, aquella gravedad que había escuchado tantos años atrás.

No entendía por qué la recordaba precisamente entonces.

Tampoco tenía tiempo para averiguarlo.

La iglesia seguía esperándome en la oscuridad.

Y yo tenía que encontrar la salida.